miércoles, 3 de junio de 2009

Tipologías insólitas. El camarada maricón

Digo maricón, en lugar de “gay”, porque siendo esta una palabra que indique “alegría”, los camaradas que gustaban de otros de su mismo sexo, tenían de alegre lo que un cangrejo hermitaño desahuciado por impago del inmueble. Haberlos los ha habido y los hay, como mínimo en el mismo porcentaje que en la sociedad, pero el maricón en la ultra ha estado siempre malamente acomodado y difícilmente ha salido del armario. Y ha hecho incluso algo más terrible: no solamente ha permanecido refugiado en la ebanistería, sino que además, muchos de ellos han negado por activa y por pasiva su condición sexual. No es raro si la alegría “gay” no ha estado presente en el camarada maricón.

El primer camarada que conocí cuando me metí en estos berenjenales –puesto a empezar- resultó ser maricón. Lo intuí desde el día en que se me acercó demasiado en un fuego de campamento y me lo confirmó cuando empezó a glosar la calidad de las películas de gladiadores y, en especial a Steeve Reeves. Luego supe que había abandonado su Murcia natal dejando tras de sí más de un culo descerrajado. A este siguieron otros demasiado evidentes como para que negaran sus tendencias y demasiado buenos militantes como para que yo me metiera con sus hábitos sexuales. Poco a poco se ha ido desdramatizando esto del mariconeo en la sociedad e incluso en las últimas trincheras ultras e incluso corre por foros gente que reconoce explícitamente, reivindicando esa condición. Llegan tarde, porque a estas alturas, a nadie le importa si fulano o mengano sienten atracción particular por cualquier culo peludo. Ha llovido mucho desde 1968 cuando dentro del armario, el camarada ocultaba a todos su condición –y en algunos casos, doy fe, incluso a él mismo- hasta ahora cuando se ha convertido en algo irrelevante.

El homófilo sufre en un ambiente que suele exaltar la virilidad y consiera timbre de gloria el tener reputación de tronchamozas. Los chistes de maricones siempre ha hecho reír en todas las épocas antes de situarse en el índice de lo políticamente incorrecto. Un camarada cuya homofilia ignoraba, se fue de la ultra –años después lo supe cuando se había convertido en uno de los puntales fundacionales del Front d’Alliberament Gay de Catalunya- después de aquel viejo chiste que conté de que, para un marica, el pedo es el suspiro de un culo enamorado. Su opción sexual no pudo evitar sentirse ofendida por la risotado con la que animé a que los otros a que rieran también. Debo reconocer que lo sentí.

De todas formas con el paso de los años he creído ver cambios en el ambiente gay. Los que conocí hasta mediados de los 70 habían tenido todos infancias similares, con madres de personalidad extremadamente acusada, con cierta frecuencia invasiba, otros deparaban a su madre amor edípico desmesurado y al no encontrar mujer que las igualara, tiraron por la otra acera. Sin embargo, en la segunda mitad de los 70 cuando el movimiento feminista ya se había afirmado e incluso atravesaba momentos de radicalismo infantil propios de todo maximalismo que nace, coincidiendo con la implantación de la coeducación –esa tragedia impuesta por la pedagogía progre y a la que hoy ningún pedagogo serio concede la más mínima ventaja- otros se sumaron al carro homofílico por tres motivos: a causa del temor que experimentaban hacia aquellas mujeres que querían comportarse como hombres y ante las que el original era mejor que la copia; a causa del desinterés que había generado en ellos la proximidad de la mujer (los alumnos de los Escolapios íbamos a la salida de clase al vecino colegio de Las Damas Negras o del Nelli para practicar el ingenuo arte de levantar las faldas a las chicas: el secreto y el misterio de lo femenino ejercían en nuestra pubertad una atracción que difícilmente puede sentir quien tiene desde la preescolar a cuerpos femeninos al lado del pupitre); y, finalmente, a causa de que en la sociedad española de la transición se afirmó la idea de que había que acostarse con cualquier cosa, sin importar si fuera hombre, mujer, oveja o pez, lo importante, sostenían los gurús de la época, era no tener represiones, ni restricciones motivadas por la deformación en el carácter al que indujo la educación franquista. Quien hacía gala de restricciones –por pequeña que fuera- no era lo suficientemente progre como para poder figurar en el cuadro de honor de la mentecatez. Una actriz que se negara a desnudarse no tenía lugar en el cine de la época, y un tío bragado, de heterosexualidad a toda prueba, debía necesariamente tener una experiencia gay, hacer un trío o una cama redonda, y no preocuparse mucho si en la confusión sentía como si alguien le petara el culo. La transición fue, en definitiva, eso, el momento en que a las dos Españas se les partió el culo, a una mitad de risa y a la otra a base de irse metiendo cosas.

Todo esto y, sin duda, la publicidad de Calvin Klein que descrubrió en la minoría gay un mercado seguro, hizo que cuando tuve que irme de España, el mariconeo se hubiera enseñoreado ya de la industria del cine y del teatro. Pero desde los 80 ocurrió algo extraño. Yo sabía que en la Organización de las Naciones Unidas el número de gays era inusualmente alto. Es fácil entender porque se produjo este fenómeno: arrojados a los márgenes de la normalidad en sus países respectivos, habían literalmente huido al edificio de Manhattan que, ya a finales de los 60 se había convertido en paraíso sicalíptico gay. En el ambiente ultra existió en los años 50 un autor de culto, Mauricio Carlavilla, que también firmaba como Mauricio Karl, Julien d’Arleville, etc, especializado en la masonería, el judaísmo y el comunismo y a la que un día le dio por escribir 400 páginas de un tema intocable en la época, la homosexualidad. Al bueno de Carlavilla –que, en general, andaba desenfocado tanto en masonería como en judaísmo- se le ocurrió “historiar” la homosexualidad en un libro de título llamativo: “Sodomitas”. Pueden imaginar lo que representó en la placidez sexual del franquismo, en donde lo más osado era el bikini de la sueca o el pantalón pitillo hasta media pantorilla de los guateques del sábado noche, el ver en los escaparates de las librerías un libro con el título de “Sodomitas”. Como todo en Carlavilla remitía a lo mismo, la conclusión final era que la “abundancia” de sodomitas (eufemismo para evitar el empleo de la palabra “maricones” porque la más respetable de “gays” todavía no había irrumpido) de los años 50, de debía a una conspiración masónica y comunista. Hace poco releí el libro del que lo único que podía salvarse era el depósito legal, y n pude por menos que sonreir benévolamente: cuantas ridiculeces se han dicho y se han escrito en nombres del antimasonismo.

Además –Carlavilla lo citaba y los de CEDADE lo recogieron en uno de sus primeros boletines- en los EEUU existió el primer lobby homófilo anterior a la contracultura, los “matachines”, miembros de la Matachines Society. El nombre venía a cuento de los “soldados de la virgen de Chihuahua”, danzates provistos de hábitos coloristas; estos, a su vez, habían tomado el nombre de los bufones renacentistas, igualmente coloristas, esto es “gays”. Un tal Jennings, fundador de la Matachine Society, resultó arrestado en 1952 por “conducta obscena”, según la mitología gay, después de que un policía se le insinuara en casa. En el juicio que siguió, Jennings asumió su homosexualidad, pero negó que su conducta fuera delictiva. Los cargos se retiraron retirados y el caso de “El Estado contra Jennings” pasó a ser la primera victoria legal de los Matachines que sin duda habría rezado a Zapatero y a Cerolo como a sus “jesusitos de mi vida”. Fueron también los Matachines quienes empezaron a utilizar la palabra “homófilo” en lugar de “homosexual” para destacar que no todo en el mariconeo debía ser sexo. Al año siguiente, en 1953, las lesbianillas apechugaron con lo suyo y crearon las Hijas de Bílitis, primera organización sáfica desde el mundo griego. Por cierto –y aprovecho para afirmarlo- que en la ultra no he conocido a ninguna pareja de lesbianas, ni he sabido de ninguna, como máximo, el que algunas ex novia de camaradas, cambiaran sus preferencias sexuales a poco de haberlos dejado. Y me resulta imposible evitar añadir la ironía de que ellos, en sí mismos, sus exnovios, eran en algún caso el reclamo más potente para cambiar de preferencias.

Los Matachines tuvieron cierto éxito en los años 60 hasta el famoso incidente del antro de Stonewall en donde la mitología del movimiento homófilo fija su arranque histórico entroncándolo con la contracultura, la revuelta estudiantil y la protesta contra la guerra del Vietnam, todo lo cual parece excesivo y no deja de ser una mera coincidencia temporal. Antes, los arrojados y excluidos de todos los países, como digo, fueron a parar al edificio de la ONU en Manhatan, de ahí contaminaron el edificio de la UNESCO en París y, finalmente, hicieron todo lo posible, primero por abolir la discriminación por cuestión de preferencias sexuales (lo que parece razonable) y luego simplemente en difundir al máximo las bondades del amor homófilo hasta situarlo en el mismo rango que el heterosexual (lo que es completamente abusivo a la vista de que, se meta por donde se meta, el amor gay no logra acceder a la procreación). Pero entre los Matachines de Jennings a principios de los 50 y la irreprimible tendencia de ZP a identificar su gobierno con los ideales de los grupos gays más radicales, han mediado cincuenta años, no lo bastante para evitar que un chiste sobre gays siga generando carcajadas, ni para evitar pensar que el aumento gay sea un epifenómeno que evidencia la existencia de causas más profundas.

Tengo a gala decir siempre la verdad y no he tenido el más mínimo empacho en explicarles a mis amigos gays –que, como todos, los tengo- que lo suyo es una enfermedad sin duda inducida por algún exceso de hormonas femeninas ingeridas con los muchos alimentos embardunados de mierda química que consumimos. Contrariamente a lo que opinan los gays, la opción sexual viene determinada por tres factores por orden de importancia: la biología el primero y, en concreto de las secreciones hormonales. Altere usted a una sociedad el volumen de esas secreciones y la alterará profundamente. Los otros dos factores, están mucho más alejados: el subconsciente formado en los primeros años de vida y que nos condiciona a lo largo del tránsito que nos queda sobre esta pelotilla y, finalmente, en última instancia y en muy pequeña medida, casi despreciable, las opciones conscientes y libres, independientes del sistema hormonal y de las influencias del subconsciente… en el caso de que eso pueda existir, algo que, sinceramente, dudo. Es la biología y el sistema hormonal quien condiciona nuestras preferencias, especialmente. Por eso hay hombres y mujeres; y cualquier horticultor sabe que determinadas plantas sometidas a estrés generan reacciones anómalas y exceso de tipos en donde están presentes los dos sexos.

Nuestra sociedad ha perdido la noción de “normalidad”: lo normalidad es que un hombre y una mujer se sientan atraídos para gozar, reproducirse y, si les van los rollos raros o han leído a Evola, practicar el tantra como forma de experiencia trascendente. Y eso ha sido así desde que el australopithecus bajó de un árbol. Afirmar ahora que el progreso civilizacional nos ha llevado a nuevas formas de erotismo y sexualidad sería tanto como decir que eso de que haya dos orejas a un lado es un mal asunto, una de tantas muestras del conservadurismo humano que se resiste al cambio y que el verdadero progreso sería el implante estereofónico de otras dos, en frente y cogote. Posible es, probable quizás, absurdo, seguro.

Pero no es aquí el mejor lugar para juzgar al mundo gay. A ello ya le he dedicado 200 páginas de mi libro “Los Gays vistos por un hétero” [que en breve será publicado en las páginas de Infokrisis] y no tengo nada más que añadir. Así pues, ya sea por lastre subconsciente, por atrofia de unas hormonas y sobredosis de otras, los gay existen y en la extrema derecha como en cualquier otro lugar de la Galaxia.

Como decía antes, la pérdida de encanto de la mujer y la brutalización de algunos hábitos femeninos (véase las crónicas sobre la violencia en las escuelas protagonizada por chicas que aspiran a rivalizar con chicos en bordería e hijoputez), está en el origen de algunas pulsiones homosexuales que he visto en elementos de la ultraderecha. Recuerdo el caso de un militante que arrastraba cierta indefinición sexual, seguramente como resaca lógica de su adolescencia, esos años en los que todavía no ha aparecido la sexualidad tal cual, somo despunta, y el adolescente tiende a confundir admiración y amistad hacia otro compañero con amor erótico. Este militante, no ligaba desde que Dios creó los domingos, para colmo se sintió atraído por otro camarada, también próximo a la adolescencia, pero que había dejadó atrás cualquier indefinición sexual, demostrado por activa y por pasiva que lo suyo era ir tras mujer blanca. En un ambiente de camaradería es habitual que unos apoyen a otros y que, en general, todos busquen –como en todo sistema jerárquico- completar las carencias de otros. He tenido que acompañar a muchos camaradas a su primer polvo en un putiferio y, siempre, al salir, con sonrisa reforzada, entiendes que han triunfado y que a partir de entonces habrán perdido un miedo más; eso siempre es bueno. El problema era que nuestro camarada frecuentaba tugurios punkis e intentó que el otro ligara con una amiga suya. Intento peligroso porque la chica, además de desaliñada, digamos, poco pulida, de higiene paupérrima y con aspecto piojoso, era además capaz de potarte encima en pleno acto, mucho más lamentable si se trataba de la primera experiencia con el otro sexo. Al otro, por supuesto, aquel primer coito no le dejó buen recuerdo y siguió dudando sobre su identidad sexual hasta el punto de intentar arrojarse por la ventana del local del FNJ. Espero que en los últimos treinta años haya encontrado su identidad sexual auténtica.

Otros, como diría, han tenido demasiada actividad sexual. En esto del sexo hay que ir con cuidado porque es capaz, si no se le ata corto, de convertirse en obsesión. Cito de nuevo al Buda y a la cuerda que si no se tensa lo suficiente no suena, o suena aflautada y que si se tensa demasiado se rompe. Por esos mundos de Dios he conocido gente que si no se pegaba un polvo al día le era imposible conciliar el sueño y créanme que es un fasticio aterrizar en un país remoto del que solamente uno tiene una ligera constancia de que existe en los atlas de geografía, para andar buscando un burdel en el que el camarada que va contigo se pueda relajar y, mucho peor, si después de recorrer los burdeles, no ha encontrado ninguno que satisfaga sus tiquismiquis sanitarios (algo muy habitual en otros hemisferios). Entonces la cosa es peor porque hay que ir a ligar y eso, por rápido que se sea, requiere su tiempo. Si para colmo, el camarada es bajito y regordete estamos ante una misión casi imposible y casi incompatible con las exigencias de la clandestinidad, cuando te acompaña un pasaporte malamente falsificado y unos visados recién hechos, sin ver los originales, que tienen poco que ver con los reales. Luego está la brecha antropológica y cultural: cuando tú estás en Lima y le pides a un taxista limeño que te lleve a donde haya chicas, lo más probable es que te lleve a locales de chicas que a él le gustan, ante las cuales experimentas un deseinterés absoluto, y ocasionalmente, por qué no decirlo, incluso horror extremo. Al final conseguimos conocer a unas periodistas –era la profesión que, además, ponía nuestro pasaporte, que, por otra parte, era cierta- una de las cuales hacía menos de una semana había recibido a uno de los Ansones (no sabría decir si al periodista o al ligón de misses) y, poco antes de las 24:00 de aquel día, mi querido camarada logró vaciarse de tensiones sin importarle mucho si la otra, como me temo, se había quedado a dos velas. Total, tampoco la vería una segunda vez…

Nemen, que así se llamaba, saciaba así su apetito sexual desmadrado y omnipresente. Era un tipo pragmático al que no le gustaba perder el tiempo y estaba siempre en permanente actividad. Entre otras conquistas suyas figuraba la hija del famoso mafioso neoyorkino Copola, lo que justifica, por lo demás, que debiera de huir camino de los pastos más benignos de Florida y luego por Centro y Suramérica. Nacido en el Caribe era heterosexual empedernido y la mera posibilidad de rozar a un tipo se le antojaba asquerosa. Los excedentes energétidos segregados por sus hormonas masculinas, tras su polvete diario, eran consumidos por el trabajo político, y créanme que también en este terreno era hiperactivo, como si el único pensamiento que le ocupaba desde la mañana hasta la noche fuera interrogarse sobre la mejor manera de hacer el hijoputa.

Sin embargo, otros dirigentes políticos y militantes de la ultraderecha desarrollaban niveles parecidos de actividad pero –eh ahí la diferencia- acompañados por una sexualidad homofílica. El jefe del PENS era uno de estos y casi resultaba la caricatura estereotipada del mundo gay. Lo que de verdad le gustaban eran los uniformes. De hecho siempre he pensado que asumió la bandera de la ultraderecha solamente porque en los sesenta, todavía, el uniforme era algo característico e imprescindible. Más tarde, cuando su homosexualidad salió a relucir, cambió los uniformes ultras por el militar y llegó a capitancete antes de estamparse con su vehículo contra un árbol. Lo mató su hiperactividad. Este camarada siguió yendo acelerado tanto en el PENS, como en las fuerzas armadas. Además tenía veleidades artísticas y le encantaba la equitación seguramente por la fascinación que le causaban las botas altas de cuero negro y la fusta. Una vez pasada la página de la actividad política y embarcado ya en las FFAA, alternaba la vida cuartelera con la organización de exposiciones de arte, suyas o de sus amigotes (y alguna que otra amigota de ilustre familia y destacada cultural barcelonesa). Para colmo frecuentaba un gimnasio en donde practicaba alterofilia a destajo. No era raro, con esta agenda, que sus horas de sueño se redujeran a menos de las necesarias y, menos raro aún que volviendo de un gimnasio, en un tramo de carretera rectilíneo, fuera a empotrarse contra el único árbol del camino. Murió sin salir del armario y murió contando él mismo chistes sobre maricones.

La pertinaz resistencia a salir del armario ha ocasionado no pocos problemas a los militantes ultras gays. Y es lógico que así sea: sonetidos a una permanente tensión entre lo que se pensaba y no se podía manifestar, lo que atraía y no parecía prudente demostrar y lo que se deseaba y jamás se obtendría, el ultra gay, para colmo, debía mostrarse como el más viril de los militantes, si quería ser uno más entre ellos. No se trataba solamente de ocultar lo que se era, sino de intentar afirmar lo que no se era. No es extraño que, el comportamiento de estos militantes, frecuentemente tuviera altibajos, fuera errático, a menudo incompensible y siempre neurótico. En general daban la razón a los que opinaban –y yo me encontraba entre ellos- que los gays tienen comporamientos sociales anómalos e imprevisibles. Salir del armario fue para muchos una liberación, pero entonces quedó a las claras otro problema.

Era, en efecto, difícil saber, si un gay militaba políticamente en tal o cual opción, por convicción o simplemente porque había allí otro militante –probablemente heterosexual- que le atraía. No era nada nuevo, porque por esa misma regla de tres no estaba claro si muchos militantes varones y hembras estaban en su “puesto de combate” por convicción, para seguir a su pareja o simplemente como plataforma heterosexual de ligoteo. En eso los gays, lograron cierta equiparación con los héteros.

Luego estaba el complicado problema de los bujarrones, los que, por así decirlo, no excluyen, ni pelo, un pluma, ni escama. En la ultra los he visto casados unos y puteros otros. Para un heterosexual impenitente como yo, resulta, como mínimo un shock que aquel camarada con cinco hijos te glose las dimensiones del nabo de un travestí. O que te enteres por otro que aquel que se casó y divorció en un tiempo record, era porque su mujer le encontró con el hijo del vecino en el lecho conyugal al que le daba clases de mates. Aunque más sorprendente era aquel otro camarada que te daba vía libre para tirarte a su mujer con la única condición de estar él delante (y lo realmente curioso es que ninguno de sus hijos se le parecía y todos tenían algún rasgo que recordaba a tal o cual camarada de su promoción, lo que permitía pensar que aquello era algo má que una fantasía erótica). Mas normal eran las camas redondas, las fiestas de parejas intercambiables y el que tuvieras que enterarte de las performances sexuales de tal o cual camarada (o su ausencia misma de performances) gracias a tener como amiga íntima a una cuya iniciación, dearrollo y plenitud sexual, se había realizado en las distintas siglas en las que ha ido evolucionando la ultra. No hablemos ya de divorcios en donde la parte contratante de la segunda parte, te explicaba –a veces incluso con ingenuidad- que su marido estaba más bien atraído por su madre, que le iban los chicos jovencitos y que en la cama, en lugar de picha, tenía algo parecido a una morcilla enana gutemalteca. Y entonces entendías porqué la evolución de un grupo había sido así o asá. Si a algunos les tiran más tetas que dos carretas, otros se vuelven locos por un culito peludo y un pezón de adolescente gamberro. Lo sorprendente es que en algunos grupos ultras –y el FNJ fue uno de ellos; como para irlo mitificando- su trayectoria es inseparable de las filias, las fobias, las neurosis y los cambios hormonales de su dirigente dirigió.

Pero esto, en realidad, ocurría –y ocurre- en todas partes. En la ultraderecha quizás todo esto sea aun más cómico por los grandes valores que se esgrimen (aquel al que no se le levantaba ni con polipasto con su mujer, pero en cambio se ponía cachondo al ver a su santa madre en bikini, se definía a sí mismo “como un gran hispanista” y anduvo el tiempo que se mantuvo en la ultra preocupado por las “esencias del pensamiento joseantoniano”) y por la superioridad moral que algunos pretenden esgrimir argumentando los grandes valores de “familia, religión, patria, Estado, honor, raza” detrás de los cuales solamente se ocultan filias, parafilias, neurosis y atracciones extremas que les hacen estar donde están y no en otro lugar.

A alguien le puede parecer contradictorio que se defienda a la familia y a la religión y se ejerza la sexualidad por el boquete que jamás dará lugar a una familia o condenado por la Iglesia, pero, finalmente, he llegado a la conclusión de que en todas partes cuecen habas. El independentismo catalán, por ejemplo, desde mediados de los sesenta hasta ahora, es la crónica de unas cuantas parejas que se crean, se destruyen, se recomponen intercambiando sus miembros, se vuelven a recomponer, explicándose así con facilidad la larga lista de siglas y su evolución hacia las fusiones o las escisiones, con mucha más facilidad que si atendemos a las cuestiones doctrinales o programáticas que han esgrimido para justificarlas. Y esto sigue así en plena menopausia de unas y apaciguanmiento de ardores eróticos de otros. En la ultraderecha no se ha llegado a tanto, ni remotamente.

Los más veteranos en el ambiente ultra, tácitamente hemos adoptado una posición ante este asunto que quizás le parezca a alguno, relativista. De todo tiene que haber, y los homófilos entran en ese “de todo” por derecho propio. Siempre los ha habido, y no puede condenarse así a la primera a algo que ha existido desde que el erotismo se impuso a la animalidad. En toda sociedad, existen psicópatas, albinos, místicos, pirados, enanos y superdotados con excedentes de neuronas. La ingeniería social propia del reduccionismo zapateriano no va a lograr que esto cambie por decreto ni ley. Un chiste sobre maricones siempre hará reir y el “pedo-caca-culo” estará durante toda la eternidad en el origen de la sonrisa de un crío. Es inevitable y es bueno que así sea. Si un día al año nos disfrazamos de aquello que no vamos a ser durante el resto del año es justamente para recordar lo ridículo de no ser quien somos en realidad. Por tanto, una sociedad sana puede permitirse el 3% de homosexualidad en su seno sin que quiebran sus valores ni se desmoronen sus esctructuras. Los problemas sociales solamente son problemas cuando se convierten en masivos y, especialmente, cuando se pierde el concepto de “normalidad”. Nuestra sociedad lo ha perdido desde finales de los 70 –coincidiendo con la transición, pero que no teniendo a la transición como único responsable- y tiende a elevar al rango de “normalidad” lo que son tendencias minoritarias. Ciertamente había que desdramatizarlas y quitar hierro a las filias y a las fobias sexuales. Lo cuestionable es que se haya pasado al extremo opuesto.

La gente de mi generación siempre recordará con cierto cariño a camaradas de los que todos sabíamos que eran maricones, que evitaban que su homofilia repercutiera de una forma u otra en su trabajo político, que habían derivado sus preferencias al dominio inviolable de lo privado, y que tenían menos plumas que un edredón sintetíco. Nunca, ninguno de ellos, por muy carroza que esté, se sumará a la fiesta del orgullo gay, ni siquiera mirará con menos desconfianza y desprecio la permanente de Cerolo su Styling Bálsamo para rizos de Schwarzkopf (verdadera sangría para el presupuesto nacional en estos tiempos de crisis) de lo que lo miramos usted y yo.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Tipologías insólitas. El camarada estafador

En Italia la tradición consuetudinaria heredada del ventennio fascista, del trienio de la República Social Italiana y de sesenta años de parafascismo, neofascismo y postfascismo, asentaron con la solidez de una pirámide egipcia el principio: “Camerata, camerata, fregatura asicurata”, lo que equivale a decir que quien con camaradas se acuesta, mojado se levanta. En España, cuya ultra es hija capidisminuida de la italiana, las cosas no han ido mucho mejor y los medios ultras se han convertido en escenario habitual en el que unos camaradas estafaban a otros con la frialdad propia de un pingüino en la noche de navidad a dos pasos del polo. Aquí en España, la “fregatura asicurata” toma el nombre del consabido “timo del camarada”, conocido por todos los círculos ultras. Lo realmente sorprendente es que, a pesar de la abundancia de estafas entre sus filas, salvo en muy contadas ocasiones, nunca un ultra ha llevado a otro a juicio, como si la identidad ideológica impidiera acogerse al juzgado de guardia. La frase que suele acompañar la inhibición es que “los trapos sucios se lavan en casa”. En cuarenta años no he visto ninguna depuración en ningún partido ultra por las tan habituales estafas de camaradas a camaradas.

Siempre he sido un buen lector y a poco de aprender el silabario ya me detenía sistemáticamente en los kioscos de prensa para leer las páginas de El Caso. En los años 50, todavía los diarios y las revistas, a falta de la inflación de cabeceras y promociones que todavía no había anegado los puntos de venta, los kioscos mostaban algunas publicaciones que gozaban del favor del público abiertas por las páginas más suculentas y prendidas con pinzas de tender. El Caso era una de aquellas publicaciones inefables que se leían con fruición en los escaparates de los kiocos y debo reconocer que, desde muy niño los timos del nazareno, del tocomocho, de la estampita, los del cuento largo y los del cuento corto, ya me resultaban familiares, junto a los crímenes pasionales (que de estos también se han dado en la ultra), pero en ningún caso imaginé que los iba a ver tan de cerca.

A finales de los 60, a poco de implicarme en la ultra, ya había oído rumores según los cuales algunos miembros de la Guardia de Franco pasaban la gorra en determinados putiferios del Barrio Chino barcelonés; me dirán que era “racket” y no estafa; en realidad, la estafa viene a cuento porque eran inofensivos e incapaces de represaliar al que se negara a pagar. Cuando uno de los locales se negó, se vió que detrás de tanta amenaza no existía ninguna posibilidad de ponerla en práctica. En la tienda de efectos militares Paco García se podía libremente adquirir la chapa de la Guardia de Franco, los correajes y el uniforme así que era muy posible que ni siquiera se tratara de miembros de la organización militante del Movimiento. De hecho, lo que ocurría es gracias al nombre de “Guardia de Franco” -que a primera vista y para el poco avisado, parecía el equivalente al servicio secreto norteamericano que tiene a su cargo la custodia del presidente- se aprovechaban muchos. Bastaba mostrar la chapa de la Guardia, por ejemplo, para entrar en un domicilio y retirar el contador de la electricidad explicando que inmediatamente instalarían un nuevo modelo (que por supuesto jamás llegaría=. El contador así requisado se instalaba en otro domicilio de nueva construcción sin necesidad de comparlo. Alguna que otra fortunita ultra se hizo al calor de esta práctica tan simple como desaprensiva.

Hay que reconocer cierta imaginación en algunas estafas. En aquellos tiempos de “Bienvenido mister Marshall” también la ultraderecha tenía en los EEUU la sensación de que allí había el dinero redentor y no era raro que algunos fijaran sus esperanzas en todo lo que llevaba el marchamo norteamericano. Hubo uno -catalán por más señas- que se puso en contacto con el Ku-Kux-Klan ofreciéndoles crear una “delegación” en España. Como a nadie le amarga un dulce, el Klan aceptó expander su “imperio invisible” al otro lado del océano y dio la patente. Nuestro camarada no había olvidado considerar que el primer problema de su proyecto era que en la España de los sesenta no había negros (todavía recuerdo el primero que conocí, en la tasca en la compraba polos al salir de clase, que inevitablemente me llamó la atención, pero no tanto como a la anciana que tenía al lado que le preguntó a bocajarro si era cierto que los negros tenían la lengua morada, así que el otro se la enseñó). Decididamente, algo de cosmopolitismo nunca le va mal a los pueblos.

Llegaban marinos a puerto y algunos eran negros, de ahí que el fundador del Klan español –del que se decía, por cierto, que era de los que pasaban el gorrito cuartelero de la Guardia por los putiferios- contratase alguno ocasionalmente para que accediera a fotografiarse en actitudes sumisas frente a alguien disfrazado con hábito y capirote del Klan. La foto era remitida a la capital del “imperio invisible” con la consiguiente petición de fondos, porque aquí el Klan estaba arraigando y era necesario un esfuerzo económico. Mil dólares, una fortuna en la deprimida España de los sesenta, fue lo que el Klan envió a España durante unos meses. Todo fue bien hasta que, aprovechando el verano, el “Gran Dragón” del Klan acertó a pasar por Baleares y manifestó su intención de pasar revista a sus huestes españolas. Así se descrubrió el tinglado y así terminó el primer intento de instaurar el Klan en España que dejó en el “viejo sur” de los EEUU un permanente sabor amargo sobre lo arriesgado de intentar poner pie en nuestro país. Desde entonces, he visto de todo.

En general, los estafadores en la ultra se dividen en dos variedades taxonómicas: aquellos que asumen que son, efectivamente, estafadores y estafan a conciencia a quien tienen cerca, habitualmente a camaradas, y aquellos otros que, alucinados ellos, proponen negocios imposibles que, a la postre, terminan entrando en la definición jurídica de estafa. Quizás estos últimos sean los más peligrosos. Luego estaría una tercera variedad que podríamos llamar “los espabilados” que intentan hacer de su fe política una fuente de ingresos.

Los “espabilados” han existido siempre. En todos los hogares de la OJE y del Frente de Juventudes, en todos los distritos del Movimiento y de la Guardia de Franco, siempre, inevitablemente, existía una historia negra que ocasionalmente se repetía: algún administrador, antes o después, se había fugado con la caja. En los hogares de la OJE, había sabido de administradores que desaparecieron con 14.000 pesetas bajo el brazo y alguno, abochornado, incluso se alistó en la legión. Más que estafas estaríamos delante de lo que piadosamente podríamos calificar como “raterías” de baja cota.

El problema vino en la transción cuando se unió al descontrol y al desmadre propio de la época, la experiencia que algunos desaprensivos habían adquirido durante los duros años del franquismo. En los centros de la Guardia de Franco, existió toda una escuela de recursos a emplear para “ir al despiste”, evitar problemas judiciales, aprovechar vacíos legales y realizar marrullerías económicamente lucrativas. Hubo un tiempo durante la transición que era realmente peligroso embarcarse en algún negocio con alguien que hubiera pasado por la Guardia de Franco.

Un caso merece ser contado por lo que tiene de colorista. Un camarada travó amistad con un veterano de la Guardia de Franco y con el nieto de un conocido pintor uruguayo (Torres García), los tres miembros de un mismo grupo budista tibetano. El de la Guardia les planteó el negocio de su vida: comercializar “cemento flotante”, algo como mínimo tan raro como unas bragas con tirantes. Habitualmente, el cemento es algo que arrojado en una piscina cae a plomo, pero el “flotante” como su nombre indica debería de cimbrarse junto a la espuma de las olas. Faltaba dinero para comercializar el “cemento flotante” y nuestro camarada –un veterano del FNJ y del Frente de la Juventud- se ofreció para pedir un crédito avalado por sus padres. Antes, eso sí, los tres consultaron al Gran Lama de su secta que venía precedido de fama de clarividente, el cual dijo aquello que ya desde Delfos se sabía que había que decir cuando no se veía nada: “La empresa tendrá éxito si se trabaja con la cabeza”. Los vi cuando estaban dando los primeros pasos y me estremecí ante la intenciçon del uruguayo, a la sazón director comercial de la firma, de aplicar técnicas del budismo tibetano a las ventas del “cemento flotante”. Esté fulano, además, era también vidente y tiraba las caracolas brasileñas. Se empeñó una y mil veces en leerme el futuro, algo en lo que nunca he creído. En un momento dado me tiró las caracolas y, como era previsible, no acertó ni una. A la vista de que un tipo que intenta ir de vidente y te lo cuenta todo al revés no deja de crear una situación incómoda y violenta, le propuse que nos fuéramos a tomar unas cervezas en los tugurios del puerto. Lo inexplicable era que, al cabo de un rato, en estado de total embriaguez, sus predicciones tenían algo más de fundamento, rasgo que he visto en otros videntes, sanadores y curanderos, que ni ven, ni sanan, ni curan en situación normal, pero con cuatro copas de más, se aproximan.

La empresa, por supuesto, fue un caos, desde el primer momento. Parte del crédito se aprovechó para ir a un monasterio budista en las inmediaciones de Burdeos y la otra para gastos diversos, ninguno de los cuales eran admisibles desde la más mínima lógica empresarial. Tres meses después, se habían fundido el crédito sin vender ni un cucurucho de “cemento flotante”. A partir de ahí todo era saber quien se iba a quedar con la deuda de una empresa que carecía de libros contables y que, por lo demás, tampoco tenía nada que contabilizar salvo pérdidas. Desde entonces –y de eso hace ya 25 años- siguen de pleitos. El de la Guardia de Franco jugaba con ventaja pues no en vano de casta le viene al galgo y en las camilonas y francachelas de aquella organización del Movimiento se aprendía bien cómo funcionaba la justicia y cómo esquivar sus efectos. Y en eso siguen, de proceso en proceso.

En el patio de la cárcel Modelo conocí a un tipo sorprendente. Era esfador y si lo conocí allí era porque estaba extinguiendo alguna responsabilidad derivada del infatigable ejercicio de una profesión que tenía cierta inestabilidad laboral. Había sido simpatizante de CEDADE en su primera época y conocía a todos los nombres ilustres que habían contituido la junta originaria de la asociación. Me explicaba, sin inmutarse y polemizando con atracadores, que él era un hombre de paz y que le era imposible entrar en un banco alarmando a todo el mundo, con una pistola en la mano y un antifaz a lo Caco Bonifacio. Él se limitaba a entrar con un talón convenientemente falsificado –y lo ilustraba con el gesto de extender una inexistente hoja de papel- y cobrarlo. Gustaba presentarse como delincuente de guante blanco, respetuoso con la sensibilidad, sentimientos y emociones de todos incluso de los empleados bancarios.

Otro camarada que luego estuvo afiliado a Juntas Españolas en su primera época, practicaba a destajo el “timo del nazareno”. El nazareno era una práctica de postguerra extremadamente difícil de perseguir judicialmente. Consistía básicamente en comprar pequeñas cantidades de material comercializable (electrodomésticos, recambios y consumibles, etc) pagándolos al contado. Lo obtenido se vendía al mismo precio que se había obtenido, con lo que tenía salida inmediata. Esto posibilitaba el que los pedidos fueran todavía más grandes y se siguieran pagando al contado, hasta que, finalmente, se hacía un gran pedido, pero se solicitaba el pago diferido a 90 días. Luego se pagaba la primera letra y se aprovechaba para realizar un nuevo pedido también a 90 días del que, por supuesto, ya no se pagaba nada. La dificultad para perseguir este delito residía en que no era fácil demostrar la existencia de dolo. Los negocios a veces salen mal. Además, a diferencia de otros timos en donde de lo que se trata simplemente es de “pillar y huir”, en este tipo siempre quedaba un “nazareno” que daba nombre a la práctica. Su función era responder el teléfono, contener a los acreedores, tranquilizarlos, pedirles más material para poder pagar las deudas anteriores (material que, por supuesto, jamás se abonaba) y, en definitiva, aguantar el tirón. A este le correspondía “llevar la cruz”, de ahí su título de “nazareno”. El único indicio admisible por los tribunales de que se ejercía el tipo del “nazareno” eran los precios de venta del material obtenido, siempre por debajo de los precios habituales de venta al público. En la jerga del “nazareno” la antítesis del promotor del timo era la figura del “pringado” que era quien lo sufría. Con demasiada frecuencia la ultraderecha aportó un fuerte contingente de “pringados”. Era habitual, por ejemplo, que una empresa de electrodomésticos propiedad de un camarada quebrase después de haber sido víctima de un “nazareno” realizado por algún camarada y que el producto del timo se vendiera a bajo precio entre la militancia ultra, eso sí, de otro distrito del Movimiento o de otra centuria de la Guardia de Franco.

El estafador –y he conocido a muchos sino a muchísimos en la ultra- es una extraña mezcla de delincuente, mitómano y actor-tramoyista-coreógrafo. Para consumar su timo debe de “creer” en su papel, y frecuentemente, a uno le asalta la duda de si realmente el estafador cree en la posibilidad de coronar positivamente el negocio que te está proponiendo. Aun en la remota hipótesis de que así sea y que por una serie de felices circunstancais, el negocio propuesto por el estafador acarree algún beneficio, la cosa tampoco variará excesivamente: el desaprensivo cogera los beneficios y desaparecerá o bien presentará una cuenta de gastos que los absorban completamente.

En cuanto a la coreografía y el atrezzo siempre lo tienen en cuenta. En ocasiones un apellido ilustre abre puertas y acompañado por unos zapatos de marca, un rolex, un Armani, las abre todavía más. En otras es un uniforme militar y unos galones ful los que impresionarán al “pringado”, y en otras aun serán las grandezas pasadas, el curriculum previo que jamás se comprueba, el que predispondrá a la víctima para ser esquilmada. De toda la militancia que ha pasado por las filas ultras, sin duda el individuo que más lejos ha llegado esto de las estafas fue un antiguo militante navarro del FNJ, pasado luego al Frente de la Juventud, del que obviaré el apellido, emparentado por cierto con un conocido arquitecto de fama internacional. Algunos de sus antiguos camaradas me lo han definido como “siniestro”, pero tampoco hay que exagerar, era simplemente un estafador que no quería serlo, pero cuya incapacidad para los negocios y falta de realismo, le obligaba por pura supervivencia a comportarse como un estafador y a ser percibido como tal por todos los que en algún momento de su vida tuvieron tratos con él. Viene a cuento porque le atribuía máxima importancia a la “imagen”. En su casa, su mujer e hijos podían pasar hambre, pero eso sí, era rigurosamente necesario que un vehículo de marca le esperara en la calle y que una sirvienta sudamericana recibiera a las visitas. Un común amigo, director de una sucursal bancaria en Elche, se le ocurrió pedir informes comerciales a la vista de que había solicitado un crédito a través de otra persona interpuesta. El informe fue demoledor: nunca en su vida había visto tal cantidad de sentencias condenatorias en decenas de juicios civiles celebrados en los primeros cinco años del milenio. Solamente los resúmenes de las sentencias ya suponían un bloque importante de folios y no digamos las cuantías de los impagos, las reclamaciones de cantidad, los créditos incumplidos, las hipotecas ejecutadas y los juicios pendientes. Literalmente, al que pillaba por medio, lo esquilmaba. Era una de esas personas que, probablemente, de haber sido capaz de centrarse en una actividad empresarial o de aceptar ser incluido en un equipo de ventas, hubiera llegado lejos. Pero él, siguiendo la tradición familiar, quería ser “empresario” y “emprendedor”. La tradición familiar era de impagos y quiebras, así que, de alguna manera ya estaba genéticamente condicionado para seguir esa vía.

Se metiera donde se metiera era el “capitán fracaso”, pasó de una humilde y modesta tienda de venta de camisetas en su Pamplona natal, a una empresa de informática, con idéntico final, deudas, destrozos, pelotas bancarias que estallaban en las manos de cualquiera, socios peleados y citaciones judiciales. Luego salió a flote gracias a una empresa de seguridad que pudo hacerse con la contrata de Leizarán y al acabar entre bombazo y bombazo, la indemnización recibida –que le hubiera permitido vivir cómodamente y de rentas en los siguientes treinta años- se embarcó en los más abrakadabrantes asuntos hasta que finalmente ocho años después ya no quedaba nada salvo el recuerdo: de comprar empresas quebradas de seguridad, a descubrir en los toros y en las reses bravas el negocio de su vida, a pasar por vacas y corderos como resaca, a montar fiestas, luego un pub inglés, más tarde, uno y dos cybers, luego otro, más en otro emplazamiento, luego una empresa de reformas, más tarde huir de Madrid a la vista de que las deudas ya habían sido excesivas y perseguido por varios juzgados e incluso por los mismos funcionarios afectados por pagos de anticipos para reformar pisos jamás reformados, camaradas que le habían entregado más de un centenar de ordenadores –impagados todos, por supuesto- para los cybers, recalar en Torrevieja, iniciar el ciclo de nuevo y en un plazo record verse sitiado, procesado por los impagos más inverosímiles, ladrillos, alquiler de maquinaria, vehículos de alquiler denunciados como robados, chalets pagados y no acabados, trifulcas con ex socios, procesos por contratar masivamente a inmigrantes ilegales, inmigrantes ilegales de todas las nacionalidades buscándolo por las calles, callejas y callejones de Torrevieja y aledaños y, finalmente, y finalmente, devenido “agente FIFA” trayendo jugadores mediocres de Iberoamérica, abandonados en España a su suerte… una historia absolutamente desmadrada, despiporrante y enloquecida e impune que dura ya la friolera de 30 años y que durará mientras el colesterol le aguante. Ejemplo extremo, pero ejemplo al fin y al cabo.

Sería absurdo considerar que en este terreno la ultraderecha es una excepción. En la sociedad española, actúa este tipo de gente, al margen de su opinión política. Los casos de corrupción en los grandes partidos indican que la estafa y el timo están a la orden del día y, a fin de cuentas, las decenas de estafadores que han militado en la ultra son casi inofensivos –especialmente por las cantitades que mueven- en comparación a los niveles medios de corrupción política. El rasgo diferencial es que, mientras, habitualmente, un corrupto se lucra con el dinero del Estado y, simplemente, lo malversa, en la ultraderecha los principales afectados son los propios afiliados. Es una muestra más de la contracción y de la miserabilidad a la que ha llegado este ambiente político.

La conclusión que saco es que el estafador ultra es, en general, más pobre de espíritu que el estafador medio, le falta esa voluntad de triunfar sobre los desconocidos que está presente en el delincuente que practica estas artes mangantonas. El estafador habitual tiende a lucrarse con el dinero de desconocidos o de instituciones públicas o privadas; por el contrario, el estafador ultra termina convirtiendo en campo preferencial de sus depredaciones al ambiente político que comparte con otros camaradas demostrando lo que vale para él la camaradería, el ideal y la amistad.

Yo he visto, como la estafa recorría transversalmente a la ultraderecha desde finales de los años 60, cuando se practicaban estafas propias de postguerra (robos de contadores, marrullerías, racket en puticlubs, gente que huía con la caja y poco más). Sin embargo, a medida que ha ido pasando el tiempo, especialmente a partir del 23-F de 1981, cuando empezaba a disminuir el número de militantes y simpatizantes, pero, sorprendentemente, el número de estafadores permanecía constante e incluso ocurría algo peor: algunos estafadores pasaban a ocupar puestos de mando en instancias ultras y culminaban sus gestiones con la inequívoca pestilencia a estafa.

Ya hemos aludido a lo que ocurrió con Juntas Españolas en su primera etapa y en la inexistencia de alguno de cuentas capaz de demostrar en qué se empleó el dinero (si bien el restaurante propiedad del suegro de otro personaje realizó cientos de vales falsos de comidas y comilonas en un intento de mejorar las cuentas), por no hablar de Democracia Nacional partido que ni siquiera tiene tesorero, ni por supuesto libro de caja, ni de cuentas. Pero, a estas alturas, nada puede extrañar y el gran elemento diferencial es que todos los afiliados a esta formación hayan alcanzado el dudoso títuo de “pringados”. Esto es lo inédito: de acuerdo que la mayoría de afiliados son jóvenes y les falta experiencia de la vida, de acuerdo en que, en principio, no parece razonable pensar que el “jefe político”, sea en realidad un pobre aprovechado, incapaz de estafar en el sentido jurídico de la palabra, pero sí permanentemente estafando al ideal, estafando a la esperanza y estafando a la buena voluntad y a la juventud de sus afiliados.

Cuando un ambiente político permite que estafadorcillos del tres al cuarto lleguen a escalones de mando y las propias bases admitan ser esquilmadas en sus carteras y en sus esperanzas, es que ese sector político ha llegado a su punto más bajo. Ese nivel ha sido alcanzado por la ultraderecha.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Agonía y renovación (4ª Parte) Miserias y esperanzas

Fue hacia principios de 1997 cuando me senté delante de un ordenador y me dije: “esto de Internet debe ser la hostia”. ¿Para qué engañarnos? En aquel momento ni pensé en los gurús de internet, ni en las sofisticadas perspectivas que ofrecía la cybercultura y que había podido anticipar gracias a las lecturas del cyperpunk, ni siquiera que en que en los últimos diez años mi vida había girado en torno al ordenador y, progresivamente, casi sin carme cuenta, en torno al modem, primero el de 256 kbs, luego el de 512, más tarde entorno al primitivo RDSI. Recordé, eso sí, que había visto el primer ordenador en el Paris de 1980, cuando funcionaban todavía a base de casetes y me dije que algún día yo debía de utilizar ese trasto. De Bolivia me fui a escape con un flopy bajo el brazo, de aquellos de 12 pulgadas anteriores a los PCs. Y casi mejor que no me pregunten por qué elegí ese bagaje y no otro. Luego, en la soledad de la VI Galería de la Modelo, el aburrimiento más absoluto me hizo mirar incluso los anuncios de las pocas revistas que me llegaban. Veía la publicidad de Appe, de IBM, y me decía que al salir debía de conocer esa técnica. Salí y lo primero que hice fue comprar uno de aquellos Amstrad PC 1512, clónicos del IBM original, cuya definición de pantalla, ausencia de disco duro, dos flopys y memoria RAM al límite de la indigencia, hoy harían sonreir. Con aquel trasto y de la mano de un procesador de textos lítico, aquel Word Star, entré por la puerta pequeña en un mundo nuevo y original que revolucionaría nuestro tiempo mucho más que las incendiarias proclamas de cualquier Bakunin improsivado o de todos los Mao-Tse-Tung y Lenin deducibles de la lectura del Manifiesto Comunista. Internet tardó todavía ocho años en incorporarse a mi vida. Antes, hice alguna incursión en aquella infame copia del Minitel francés, que fue la efímera red Ibertexto, al que hoy se puede contemplar con la compasión que se depara a los precursores desafortunados. Y finalmente, un día, en 1996 me senté ante un ordenador conectado a la red. En aquel tiempo para probar el invento o se acudia a www.playboy.com o a www.vaticano.com. Inútil decir por donde me inicié. Luego hubo que elegir entre Nestcape o Explorer, más tarde el gestor de correo electrónico y finalmente ver cómo carajo se podía colgar una web y así llegué al primitivo html y luego a java. De ahí salió mi primera Web: Disidencias, colgada en Tripod, que luego cambió de manos en varias ocasiones, perdiendo los jpgs e inhabilitando las partes en java. Si a eso unimos que puestos a perder, perdí los códigos de acceso, no es extraño que siga todavía agonizando en solitario y olvidada de todos con una media 125 visitas al día en el donde la dejé hace 10 años: Disidencias on|line press. Era inútil anclarse en el dominio de una técnica porque la siguiente, cien veces más brillante, simple y ventajosa, terminaba apisonando a la anterior en apenas semanas. Eran tiempo en los que no solamente había que pagar por estar conectados, sino que había que pagar también para que te dieran acceso a la red.

Las ventajas que, a primera vista, advertía en Internet eran las suficientes como para zambullirse en la red sin escafandra. No solamente las nuevas tecnologías te permitían contactar con el mundo, sino que evitabas las semanas de espera que un paquete de revistas o una carta tardaba en llegar a cualquier país europeo. Además, no sólo estaba cambiando nuestra forma de comunicarnos con el mundo, sino que también el mundo había cambiado. La larga noche felipista quedó atrás, el Muro de Berlín había cerrado lo que empezó en los astilleros de Danzig en 1980 y, tras la Segunda Guerra del Golfo la globalización parecía nuestro destino, como si el siglo XXI se hubiera anticipado; pero en realidad, desde mediados de la década de los 90 estábamos asistiendo al final de una era. En realidad, solamente tuvimos conciencia de que estábamos al principio de otra, no con las campanadas que nos trasladaron del año 1999 al 2000, sino con el desplome de las Torres Gemelas: habíamos entrado en la era del terrorismo internacional y de las convulsiones sin fin que van a recorrer trasversalmente nuestra desgraciada época. Si a finales del siglo XIX, Jack el Destripador pudo escribir con sangre que con el se había iniciado el siglo XX, el siguiente llegó con 21 meses de retaso, 12 años después de la caída del Muro, casi con precisión cabalísica.

En el período situado entre 1997 y 2001, resultó evidente que toda reconstrucción de fuerzas políticas, sociales o culturales en el futuro, se haría a través de la red. Y ese fue el problema: con inusitada rapidez todos los ultras, ultrillas, aspirantes a ultras, ultras reconvertidos, ultras de estricta observancia, ultras que querían dejar de ser ultras y no sabían como hacerlo, ultras cansados de militancia ultra, ultras fracasados políticos, ultras en la inopia, ultras con los pies en la tierra, ultras chivatillos, ultras mamoncillos, ultras místicos, ultras pescadores de almas y de carteras, ultras enmascarados, ultras sin parroquia y sin grey, ultras anormales y tarados ultras y no ultras y ultras culturetas, fuimos a converger a Internet, cuando Internet era prácticamente un erial y las webs de verdadero interés podían contarse con los dedos de la oreja.
Había dos problemas. El primero era que la falta de éxitos y perspectivas políticas del sector ultra corrían el riesgo de convertir internet en una trinchera fácil, una forma de “hacer política” eludiendo la militancia y el trabajo efectivo de base. Bastaba con tener un blog para “existir” en Internet, en principio, en plano de igualdad con cualquier otra web, blog o portal. Había el riesgo de que Internet se convirtiera en el sustituto del trabajo político, una herramienta más para el talk-show permanente al que nos había llevado la sociedad del espectáculo. Esto equivalía a que las impotencias, las ideas erróneas, las divagaciones y las pérdidas de tiempo, se traladaran a la red. Internet era un instrumento, no “el instrumento” que sustituiría a cualquier otro. Las carencias de la ultraderecha no iban a resolverse simplemente porque todos sus militantes tuvieran una conexión a Internet de ancho de banda aceptable. Es más, podía ocurrir, incluso, que aumentaran.

Luego existía un segundo problema que afectaba a todo usuario de Internet: aumentaba exponencialmente el descontrol en los debates, la falta de organicidad, la reiteración en los temas, la participación reiterada de gentes que no estaban preparados para debatir sino que con dificultades dominaban el silabario, el que todo quedara igualmente registrado ad infinitum, tanto las intervenciones que aportaran algo positivo como la morralla deleznable y, finalmente, era el lugar más apropiado para intoxicadores, en un ambiente en el que la figura del “enterao” (siempre he dicho que España es un país de “enteraos” y que aquí todos lo sabemos todo de todos y todos estamos “esteraos” de todo, pero en la ultra sin duda existen los más enteraos del país) y los macutazos a diestro y siniestro.

En aquellos primeros tiempos de nuestra incorporación a Internet los gurús de la red hablaban frecuentemente de Netwar y de la Cyberwar, es decir de la “guerra en red” y de la utilización de la red para la guerra, pero era previsible que, la ultraderecha inaugurase otro concepto, el de NetCivilWar, guerra civil en red, o el todos contra todos dentro de un mismo ambiente. Dele usted a un inmaduro una garrota o un ordenador y, a la postre, terminarán haciendo lo mismo: liarse a estacazos con el de al lado.
Al cabo de poco tiempo vimos las extraordinarias posibilidades de la red, tanto para construir como para hacer polvo lo poco que quedaba en pie. El Foro Disidencias impulsado por Enrique Moreno, fue el primer foro que realmente consiguió cristalizar en torno suyo, hace más de 10 años, a decididos partidarios de la renovación del sector. Fue a través del foro como aquel partido de cuya existencia había sabido unos años antes, Democracia Nacional, terminó por interesarme. Tenía un rasgo diferencial a todo lo que había conocido hasta entonces. No solamente resultaba claro que manifestaba una indudable voluntad renovadora, sino que la habían puesto en marcha, provista de un fundamento teórico: la doctrina sobre la “autonomía histórica”. Esta doctrina podría resumirse así: “no existen modelos en el pasado en los que podamos reconocernos a la hora de abordar una lucha política en el presente y, por tanto, el partido es libre para elegir en cualquier momento la línea que se adapte a las necesidad del momento a despecho de experiencias históricas pasadas”. Y se decía alto y claro, lo que evitaba viejas discusiones doctrinales sobre matices tan habituales entre los partidarios de las ideologías “históricas”, se evitaba también la maldición que pesará eternamente sobre la extrema-derecha española, sobre su vinculación al franquismo o la eterna polémica sobre símbolos y autocalificaciones (los miembros de Democracia Nacional son… nacional demócratas). DN era, pues, lo que el programa y los documentos de DN decían era.

Pérez Corrales, su presidente me remitió los documentos y, efectivamente, tenían rasgos diferenciales muy acusados (y, por tanto, sorprendentes). Otros, sin duda, con más capacidad teórica que yo, habían conseguido cristalizar en una doctrina política coherente, el ya viejo afán de renovación que algunos sosteníamos como imprescindible desde tiempo atrás. Así que una aproximación por mi parte a DN era lo que correspondía por aquello de que “lo semejante se une a lo semejante”. Aquella elaboración teórica había sido abordada por un antiguo miembro de CEDADE, Laureano Luna, de quien ya había leído algunos artículos pero que no conocía personalmente. Otro antiguo de esta organización, Martínez Artal había asumido una parte sustancial de los gastos. Pérez Corrales, procedente de Juntas Españolas, era el presidente de la formación. Y Pedro Alonso, antiguo del Frente de la Juventud, su secretario general. Así pues, DN era una especie de mosaico que había surgido de distintas fusiones operadas entre 1995 y 1996. En aquellos momentos, el Frente Nacional de Blas Piñar parecía tentado por unirse a Juntas Españolas, cuando bruscamente, Blas lo disolvió. JJEE, a su vez, se aproximó a otros dos sectores: los veteranos de CEDADE que habían ido a confluir con los supervivientes de Bases Autónomas, en lo que se llamaría Area Independiente, sumándose luego otros grupos minoritarios.
En cifras absolutas, todo esto suponía unos 600 militantes puestos sobre la mesa por Juntas Españolas y 200 más por el resto. La Falange de Morales en aquellos mismos momentos debía tener algunos militantes más, seguramente llegarían a 1.000 o quizás algo poco más. A sumar otros 1.000 dispersos en distintas siglas falangistas, grupos locales, y exotismos bizarros varios. Eso era toda la extrema-derecha de la época. Una comunidad que apenas llegaba a los 3.500 militantes. Pero si alguien pensaba que se había alcanzado el momento máximo de la crisis, se equivocaba.

A través de Internet lanzamos la idea de una candidatura unitaria para las elecciones autonómicas catalanas de 1999. La idea prosperó a pesar de que Catalunya era sin duda, una de las regiones más desfavorable para la expansión de este tipo de proyectos. El llamamiento se lanzó (y habría que añadir que tras la idea nos encontrábamos Enrique Moreno y yo), con eco superior al esperado. Era posible que, una experiencia unitaria que simplemente consiguiera detener la sangría de votos y obtener un resultado digno superior al 1%, consiguiera prender en el resto del Estado y en las formaciones ultras una voluntad unitaria.

En aquel momento, DN tenía la formulación teórica y programática más completa pero, sin embargo, la diferencial de militantes en activo jugaba a favor de La Falange. En torno a estos dos grupos, se polarizaba todo el interés, el resto eran meros acompañantes formales, pero ni estaban en condiciones de aportar militantes, medios, ni ideas. Si se lograba que DN y La Falange advirtieran, uno que podía impregnar con su bagaje teórico a un sector mucho más amplio y el otro que, le daban hecha su necesaria reconversión y que, en términos numéricos, tenía el volumen suficiente como para ocupar lo esencial de la dirección, podíamos entonar el “habemus partido unitario” a la vuelta de pocos meses y de cara a las generales del 2000. Esperanzas vanas, porque todo debía de torcerse en esos mismos días.

En principio, a pesar de que AUN era un partido ya prácticamente virtual en Barcelona, asistió a la reunión Ynestrillas al que le faltó tiempo en un descanso para liarse a hostias -off curse- con el delegado del devoto FE(i). DN estaba por la faena unitaria en aquel momento. Con La Falange era difícil aclararse exactamente si estaban a favor, en contra o todo lo contrario, incluso saber si estaban donde estaban o en cualquier otro lugar, lo que era más grave porque el que decía ser su secretario general estaba presente (y, por cierto, con una seriedad pasmosa decía conocerme desde 1980 y haberme conocido en actos en los que yo nunca había estado presente, lo que era todavía más inquietante). Luego estaban los de la FE-JONS de Diego Márquez que afirmaban existir aunque yo no andaba muy seguro de si eran un holograma virtual o incluso una calcomanía. Y, en cuando a los que albergaban el encuentro en su local, los ex piñaristas que después de un baño ynestrillista habían vuelto a llos páramos piñaristas, los de ADES (ya saben, “el reino de los muermos”), solamente pensaban en que la reunión no se prolongara mucho no fuera a ser que sus esposas terminaran inquietándose por la tardanza. Es lo malo que tiene abrir y cerrar un local durante 20 años a las mismas horas.

No hubo nada que hacer. La Falange –que a esas alturas ya había visto como Gustavo se había ido por la puerta falsa dejando a un tal López (al que rebauticé “Lopezón” por su desparramada humanidad) al frente- creía que no precisaba nada de nadie y que seguiría siendo fuerza hegemónica en la ultra por siempre jamás. Los de DN accedían a intentos unitarios, pero sin mucho convencimiento, entre otras cosas, porque estaban más al día que yo sobre el percal corría. Y en cuanto al resto, francamente, el resto contaba poco o no contaba. Así que en los años siguientes había que resignarse a que no hubiera partido y todo siguiera su curso descendente. Sin embargo, Internet seguía existiendo y aún pudimos lanzar un “proyecto unitario” en el mismo Foro Disidencias, que murió con más pena que gloria.

Así pues no quedaba más que una vía: si la unidad era imposible por agregación de grupos, la única forma de llegar a la unidad era que un grupo destacara por encima de los demás y se configurara como polo de atracción. Ese grupo, para mí, indiscutiblemente, era DN, a tenor de que su reflexión ideológico-estratégica era muy superior al resto.
Yo me debí integrar oficialmente en DN hacia principios de 2000. Conocí entonces a Nacho Mulleras, quien llevaba el grupo de Barcelona. A Nacho, el reloj de la militancia se le paró al disolverse Fuerza Nueva y evaporarse el piñarismo. No era falangista, ni de ninguna otra corriente ideológica, sino más bien franquista, lo que resultaba todavía más curioso en un partido que se había fundado con la “autonomía histórica” como eje. Así como otros tuvimos la suerte de conocer momentos intensos de militancia e incluso de aproximarnos a éxitos coyunturales o a realizar un trabajo político satisfactorio en revistas o en el extranjero, Nacho se embarcó en esto de la ultra cuando ya iniciaba su declive. Así que no pudo conocer más que desgracias. En 1999 me explicó todo lo que me había perdido en Juntas Españolas, la defenestración de Graells por aquello de los cursos particulares a chicas de buen ver, el ausentarse sin dejar señas de unos y de otros, Castejón incluido, el drama de tener que soportar un deshaucio y el “lanzamiento” judicial por impago de alquileres del local de Barcelona, las elecciones sin éxito y sin esperanza, y para colmo más de un camarada chorizo que les había robado hasta la cartera. Me decía con una seriedad pasmosa: “Pérez Corrales, quizás no sea el líder que necesitamos, pero no es un chorizo”. Y desde luego, no lo era. Llegué a apreciar a Nacho y sobre todo a entender el drama de los militantes que, sin haber conocido la exaltación de los choques con la izquierda, el exilio, la cárcel, las grandes movilizaciones que sucedieron a finales de los 70 y, al filo del milenio, se habían ido consumiendo en peripecias sin historia ni calado hurtando tiempo a sus trabajos, a sus familias, a sus hobbys y, en definitiva, a la vida.

En aquellos meses recordé perfectamente porqué desde 1975 no había querido saber nada más sobre el ambiente falangista: era imposible sacar nada en claro con ellos. No había forma de que definieran sus posiciones acaso por que eran presos de tres condicionantes que los incapacitaban: el espectro de José Antonio que acechaba desde el más allá (aquello del “pactaremos muy poco”), la sombra de sus problemas interiores (lo que podía satisfacer a unos, supondría un desengaño para otros así que, tiraran en la dirección que tiraran, la escisión estaba cantada) y los miedos de sus dirigentes que apenas eran capacdes de dirigir algo mas que una mercería y nunca en tiempo de rebajas, ni en horas punta (abrirse a gentes que no conocían, a perspectivas nuevas, les producía un vértigo y una sensación de vacío inenarrables, por lo demás, tenían un pánico indescriptible a que alguien les pudiera hurtar su menguadas huestas, abadonar sus cargos pomposos de “jefe nacional”, “jefes territoriales”, “jefes de centurias” y pasar a ser un militante de base). Así que no hubo forma de que aquello progresara.

La Falange emprendió en 2001 una extraña andadura que le llevó, como por arte de birlibirloque, a partirse en varios trocos y que como cualquier mineral que cristaliza en estructuras cúbicas, a cada golpe reprodujera la misma estructura solamente que en una dimensión más reducida, hasta llegar casi a nanodimensiones subatómicas. Además, tiene gracia, que siempre, en la ultra, cuando se planifica una iniciativa unitaria, al final acaben resultando más grupos de los que existían antes de las fusiones. Debió ser en 2001 cuando lanzaron, junto a los últimos piñaristas conscientes de que a la tercera les iba la vencida, un “Frente Español” (hábiles ellos, cuyas siglas coincidían con las de Falange Española; en ese ambiente estas cosas se tienen muy en cuenta, como para decir al “aliado unitario” ocasional: “si es que te la he metido doblada”…) en el que participaban los piñaristas, los de La Falange y un grupo valenciado agrupado en torno a José Luis Roberto que en aquellos momentos empezaba a tener fama inmerecida de “hombre más malo de España”.

Estuve ausente durante unas semanas del Foro Disidencias por cuestiones laborales y por un problema en las cervicales producto de anteriores accidentes, así que cuano volví me costó ponerme al día de la sopa de siglas nuevas en que se había convertido el ambiente. Por de pronto, había aparecido una Mesa Nacional Falangista como escisión de La Falange, contraria a la participación en el proyecto unitario. Pero esta MNF, a su vez, se había partido en otro grupo dando nacimiento a la FEA rediviva. Aun quedaba el tiempo en el que López dimitiera, se hiciera cargo de La Falange, Cantalapiedra para, pocos meses después volver a partirse (ya próximos al nivel nanométrico) en dos mitades. Señor, señor…
En cuanto al “Frente Español”, tal como había previsto, la incompatibilidad manifiesta entre los santos varones supervivientes del piñarismo anclados en sus valores católicos y puritanos y el grupo valenciano de Roberto, al que le precedía una fama como de golfo, terminó estallando. Cabe decir que Roberto gana en las distancias cortas y que, en principio no da la sensación de que sea ni más ni menos golpe que cada uno de nosotros (en el fondo la ultra tiene algo de ambiente de legionarios, mosqueteros y lansquenetes, aventureros, puteros y vividores que aman el buen vino, los éxtasis amorosos, los excesos y las noches locas de camaradería, activismo y ligoteo, así que rarillos son los que cenan a las 20:00 horas y se van a la cama a las 23:00 para acudir a misa de 8:00 por las mañanas). Por lo demás, las acusaciones de proxenetismo y de nacional-puterismo son, en cualquier caso, infundios propios de un ambiente que ha logrado dominar la técnica de construir leyendas urbanas a medida de cada uno que destaca solo un poquito del resto. Pero lo que estaba claro desde el principio era que la andadura de “Frente Español” descarrilaría por la incompatibilidad de humores entre los que acudían a misa de 8:00 y los que cerraban los pubs la noche anterior. Simplificando, claro está. Hay que decir también que, en aquel momento, yo militaba en DN, así que todo lo que perjudicara o taponara el crecimiento de DN consideraba una obligación torpedearlo en la medida de mis posibilidades –que, aún con cierta inmodestia, debo de reconocer que puestos a hacer el borde, no eran pocas-. Yo, en ese momento había optado por la estrategia unitaria basada en “uno destaca y los demás se unen”, así que no dudé en torpedear entonces la iniciativa de “Frente Español”. Sin embargo, debo decir que en ningún momento utilicé la mentira para esa tarea. La eslora de aquel proyecto me permitió, sin ninguna dificultad, atacar en dos direcciones.

La primera era la citada incompatibilidad de humores entre Roberto y López Dieguez. Pero el azar vino a poner otra a mi alcance. El la revista pro-etarra Ardi Beltza apareció un artículo sobre la extrema-derecha en el País Vasco. Desde todos los sectores de la ultraderecha partió un movimiento de solidaridad hacia los camaradas de la Falange Vasca, señalados con el dedo por los pro-etarras y, por tanto, en situación de riesgo. Así que leí el artículo. Era infantil, ingenuo, torpe y casi diría incluso, zopenco: era evidente que el artículo había sido elaborado e inspirado por quienes dirigían entonces aquel grupo, en un intento de victimizarse y de convertirse en el eje emocional del “Frente Español”. El intento era tan infantil que hoy, releyendo lo que escribí en la época, no puedo sino sonreir. A servidor, en cuya tarjeta de visita para acceder a determinados puestos de trabajo, puede figurar sin sonrojarme la ocupación de “Especialista en Operaciones Psicológicas”, basta que alguien intente algo parecido, en plan paleto, para que el aroma inequívoco lo detectara al tercer párrafo. El problema no era que un grupo local se hubiera querido presentar como “eje y centro” del proyecto unitario de “Frente Español”… sino que se había puesto en riesgo a militantes de base. Y ese era el problema: que con amigos así no hace falta enemigos y no lo decía por mí, sino por los que habían sido estafados en su sensibilidad y en su fe política por una operación infantil. Las explicaciones dadas por el “prota” fueron de tal calibre que poco después desaparecía de la ultra. Acabado el tema del “Frente Español”, olvidé ese asunto e incluso no tendría inconveniente en recomendarle al “prota” una abundante literatura (y mis propios apuntes) sobre “operaciones psicológicas” que de eso, créanme, sé algo. Cada cual está obligado a veces a actuar en función del lugar que ocupa mucho más que de sus filias o de sus fobias. En aquel momento a mí me correspondió, desde la tranchera de DN, demoler todo lo que impidiera avanzar a DN. Y la pulverización del “sector histórico” era una exigencia del rol que me correspondía.

Tras la eyección del grupo de Roberto, el grupo de La Falange entró en crisis, para variar. López, que veía en la unidad con los piñaristas, una tabla de salvación a sus problemas, terminó dimitiendo y, como digo, la cosa sirvió sólo para que este sector, que inicialmente contaba con las siglas La Falange, los piñaristas madrileños, la gente de E2000 en Valencia, terminara teniendo a cuatro falanges, los piñaristas reagrupados en la sigla AES y los valencianos siguieran con la sigla E2000 que durante mucho tiempo siguió teniendo un carácter local. Lo dicho: no hay como la unidad-unidad para alcanzar nuevos y siempre más avanzados estados de fraccionalismo.

Antes de todo esto, en mayo de 2000 asistí al congreso del Front National en París en la delegación de DN. Allí, precisamente, me encontré con Roberto al que hacía tiempo que no veía. Lo había conocido en noviembre de 1976 en el peor sitio para conocer establecer relaciones sociales, junto a la tapia de un cementerio. En efecto, durante el Congreso Nacional Sindicalista convocado por los Círculos José Antonio tuvo lugar un acto de homenaje a Ramiro Ledesma en el cementerio de Aravaca y allí que se fue Roberto para repartir panflejos de las J.O.N.S. Por cierto que cogí un panfleto, se lo llevé a unos amigos de Barcelona, supervivientes del Distrito VII de la Guardia de Franco, que se decían jonsistas y a los pocos días convocaron mediante anuncios por palabras en La Vanguardia una reunión. El anuncio, comprensible en aquellos momentos en los que los partidos seguía prohibidos, decía: “Grupo de amigos de Ramiro Ledesma buscan reunirse para realizar actividades”. Lo sorprendente fue que contestó algo más de una decena de personas. Una vez reunidas en el Velñodromo, un antiguo bar barcelonés, a poco de empezar la reunión, una chica pronunció la frase fatídica: “¿Cuándo viene Ramiro?”. Justo en ese momento, nos dimos cuenta de que para quienes habían respondido al anuncio, el tal “Ramiro” era considerado como un tipo enrollado que quería convocar fiestas. De todas formas, las J.O.N.S. arraigaron en Barcelona e incluso el sindicato C.O.N.S. mantuvo hasta bien entrados los 90 un local en la barcelonesa calle Consejo de Ciento.

Roberto era, así pues, un tipo de largo historial que profesionalmente parecía haber montado una compañía de seguridad que no iba mal. En aquellos meses, concidiendo con el congreso del Front National, estaba poniendo en marcha la Asociación Nacional de Locales de Alterne que luego daría mucho que hablar y haría que su nombre quedara vinculo para los anales al asunto de la prostitución si bien él se limitaba a asesorar jurídicamete a la asociacion. Venía a París representando a España 2000, la sigla que distintos sectores habían lanzado a prisa y corriendo ese año –el 2000- para participar en las elecciones generales. Tras ella se encontraban DN, el Vértice Social Español, el Partido Nacional de los Trabajadores y el grupo valenciado encabezado por Roberto. Vale la pena aludir a las siglas nuevas que acaban de aparecer. Sobre el Partido Nacional de los Trabajadores cabe poco que decir. Se trataba de una formación local murciana de la que nunca supe mucho, ni siquiera si tenía existencia real, aunque en mi opinión estaba próximo a la virtualidad más absoluta o quizás fuera un ectoplasma precipitado en alguna sesión espirita. Poco importa discutir sobre su entidad y orientación porque concluidas las elecciones desapareció, como siempre, sin dejar señas. Quede aquí un punto de misterio sobre una sigla a la que, lo que se dice ampulosidad, no le faltaba. Mucho más interesante fue el Vértice Social Español, tendencia organizada de La Falange que disputó la dirección a la tendencia “oficialista”, aquella caracterizada por una indefinición permanente y estuvo a punto de colocar a Miguel Ángel Vázquez –querido cofrade- al frente del grupo. Perdieron por los pelos –y me alegré no tanto por que a partir de ese momento, La Falange descurrió por meandros cada vez más raros, como porque al bueno de Miguel Ángel no le hubiera caído encima el marronazo de dirigir aquello que, por definición, era tan indirigible como indigerible- y dado que su docena y medio de miembros no necesitaban de la sigla para ser algo, la abandonaron poco después, con gran alborozo de los “oficialistas” liberados al fin de que alguien les impidiera llevar a La Falange hacia el precipicio, cosa que hicieron sin más apremio, con precisión y prestancia milimétrica. La prueba es que meses después el partido se partía de manera inenarrable.

Los resultados electorales de la coalición España 2000 fueron, como todo lo que se hace aprisa y corriendo, lamentables, tirando a patéticos. El último fleco lo tuvimos algunos a los que un camarada nos convenció de que asumiéramos un crédito solidario que acabamos de pagar seis años después con harto dolor de nuestros corazones y con alguna que otra bronca familiar. A los pocos días, casi diría horas, España 2000 se disolvió sin que nadie se preocupara de reunir a los fragmentos, al menos para intentar encontrar alguna explicación al por qué del fracaso. DN siguió a lo suyo, atribuyendo a otros el que no habían currado lo suficiente. El VSE se partió, yendo a converger algunos con Alternativa Europea y generando el Movimiento Social Republicano que logro sorprender con la triple consigna de “federalismo, socialismo, república”, a la que si no recuerdo mal, se añadió en algún momento la coletilla de “autogestión”. Otros eludieron ese enfoque y se configuraron momentáneamente como independientes, hubo alguno que coqueteó con DN, luego con la Plataforma per Catalunya y finalmente montó su propia sigla a imagen y semejanza de Pyn Fortuyn, Iniciativa Habitable. Y luego quedaba el grupo valenciano que, en realidad era una unión de grupos locales y que sigue manteniendo la sigla España 2000 hasta la fecha.

De nada había servido invitar a una lubina a la sal a Le Pen y al eurodiputado Jean Claude Martinez, cuyo apellido era una garantía de que, al menos en lo idiomático, no habría problemas, de nada sirvió tener una larga conversación con ellos e incluso realizar algunos pactos de ayuda mutua, la rueda de prensa a la que asistieron todos los medios de comunicación no sirvió para mucho más: los medios no publicaron la noticia y la visita no operó el efecto balsámico esperado. Era evidente que los medios solamente hablan de aquellos que pagan publicidad y hablan mucho de los que pagan mucho. La ultra solamente era noticia gracias a los desmanes de Ynestrillas hijo, a los imaginativos informes de Esteban, y a la última hostia que el último skin le propina al penúltimo guarrete. Mal asunto si lo olvidábamos.

Yo me quedé en DN pero con poca vida en el partido por limitaciones temporales. Al cabo de un año, nunca llegué a entender exactamente por qué, pero debo reconocer que a esas alturas ya era una tradición bien asumida por mí, hubo lío en la cúpula de DN y se perdieron para el futuro Pedro Alonso y Pérez-Corrales, cosa que en lo personal lamenté y mucho. Como siempre, creo que hubo muchos malentendidos y que habían otras salidas y no necesariamente aquella a la que se llegó. El caso es que ambos terminaron agotados y hastiados. Había varios fondos en aquella crisis. Martín Beaumont, al que le acompañaba en su tarjeta aquello de haber sido como quince o veinte años antes el “diputado más joven del PP”, había terminado abandonando el aznarismo con otros entre los que encontraba el antiguo jefe de Fuerza Joven, Javier Cutillas y un grupo bastante nutrido que años antes había decidido acompañar al PP en su travesía del desierto y ahora, en 1997, cuando tocaban las mieles del poder, bruscamente se dieron cuenta de que aquello no era lo suyo y se abrieron en forma de paraguas. Para mí resultó siempre incomprensible todo este trasiado: ¿qué habían visto en el aznarismo? y, sobre todo, por qué diablos, después de aguantar las tensiones de un partido de ese tipo, finalmente, cuando tocan poder, van los jodidos y lo abandonan… Podía entender que dada la esterilidad de la extrema-derecha buscaran otros horizontes políticos, e incluso que creyeran divisarlos en el PP, pero lo que me era imposible entender era cómo diablos lo abandonaban en el momento en que habían alcanzado el objetivo y trabajado como los que más para lleva a Aznar a la Moncloa.

En mi opinió, todo el problema derivó de que sus expectativas de alcanzar puestos relevantes quedaron decepcionadas y entonces vino el reflujo y el, “ay dios mío que estos nos han tangado”. Y se fueron. De ahí nació el PADE que recuperó el slogan de “hay un camino a la derecha”, sin preocuparse de si efectivamente existía. Cuando DN contactó con Martín Beaumont, Pérez Corrales tenía la esperanza de poder integrarlo en el partido. Lo invitaron a una universidad de verano en donde pronunció una inenarrable conferencia sobre “el populismo” en el que en mi modestia intelectual confirmé que el populismo no era nada aunque para Beaumont fuera “dar la razón al pueblo” que era como lo de la canción catalana aquella de “¿Qué mes voleu? Volem pa amb oli”. Hablé con Beaumont y con alguno de los suyos, lo suficiente como para advertir que pertenecían a ese tipo de gente que no se compromete en nada si no se le ofrece a cambio la perspectiva infalible de que será llevado bajo palio al parlamento. Luego Beaumont tuvo el mal detalle de firmar algunos mensajes en el Foro Disidencias como “Elena Atxaga” aludiendo a mí como “peligroso ultra” para luego alegar que con ultras como yo no se podía comprometer. Toda esta peripecia y tensiones internas entre Pérez-Corrales y Pedro Alonso de un lado y Laureano Luna y Christian Ruiz de otro, indujeron a los primeros a irse a casa. Creo que no fue la mejor solución y que en un partido como DN cabían unos y otros, y, en cualquier caso, todos los que no necesitaban palio bajo el que cobijarse. A todo esto el PADE siguió cada vez más desarbolado, Cutillas, tal como había hecho en Patria y Libertad, vivía en un mundo irreal y terminó disolviendo el invento esperando vanamente que el PP los llamara ofreciéndoles alguna canonjía.

En DN, el vacío dejado por Pérez-Corrales y Pedro Alonso fue sustituido por una Mesa Nacional de la cual emergió la figura de alguien del que me contaban que había sido cantante skin y cuyo principal mérito era haber aparecido en un telechou de Ana Rosa Quintana y no haber hecho el ridículo. Se trataba de Manuel Canduela, valenciano, que en 2004 se erigió en presidente de la Mesa Nacional. Lo de “valenciano” lo subrayo porque resultaba un misterio el por qué motivo DN era absolutamente inexistente en Valencia. Pero entonces -algunos por que consideramos que era buena que alguien se atreviera a ponerse al frente del asunto y otros porque no cayeron- no preguntamos a qué se debía que Valencia fuera un páramo para DN… a pesar de en otro tiempo haber contado con una fuerte base militante. Ignorar estos detalles siempre, antes o después se paga.
No solamente el partido era inexistente en Valencia, sino que en otras provincias también había problemas. En Barcelona, por ejemplo. Ignacio Mulleras, o “Nacho Canet”, o Nacho Mulleras, en cualquier caso, era de los fundadores de DN, pero, en realidad, su grado de identificación con la tesis de la “autonomía histórica” era nulo. También aquí, ignorar el detalle sobre la base de que era un tipo enrollado y bien dispuesto, no iba a ayudar en el futuro, a la vista de que albergaba la esperanza de poder reconciliar algún a DN con el piñarismo al que se sentía emocionalmente vinculado. Para ello, a la que se le daba la ocasión –recuerdo un 1º de mayo, sin ir más lejos- aprovechaba para glosar la obra de Franco ante el peor público posible para tales loas y alabanzas. Luego estaba Madrid. En la capital, el partido era poco menos que inexistente. Permanecí tres meses en la capital y el local, instalado en un lugar recóndito, de un lugar remoto, dejado de la mano de dios, era una barra de bar y un almacén de material. El bar era frecuentado lo más habitualmente por críos y allí empezaba y terminaba casi todo. En términos políticos, DN en Madrid capital fue siempre un cero a la izquierda. Sin embargo, a pocos kilómetros de allí, en Alcalá, había florecido un grupo local que consiguió arraigar y funcionar, más o menos, autónomamente, cosechando incluso buenos resultados en las elecciones municipales.

Los 800 militantes que tuvo DN en su fundación se fueron extinguiendo y posiblemente en 2001 no quedarían ni 250. Entre ese año y 2004 hubo un repunte, pero el crecimiento era débil, vacilante y, en cualquier caso, poco significativo. Por lo demás, Canduela tenía límites y el primero de todos, y que subyacía a poco de conocerlo, era su carácter. Hubiera sido un jefe de banda, incluso un responsable aceptable de un pueblo o de una localidad de mediano tamaño, pero dirigir un partido de carácter nacional era demasiado para él. Poco después se evidenció que su mal carácter, unido a una ausencia total de visión de futuro y a un carácter que de tan suspicaz entraría dentro de la definición clínica de paranoico, iban a generar problemas. En 2003, en un congreso al que asistieron más de 130 militantes (algunos de los cuales sobrevivimos milagrosamente a los chinches y ácaros de albergue instalado en la áspera meseta castellana), el hasta entonces ideólogo del partido, Laureano, demostró una postura crítica hacia Canduela el cual no le perdonó hasta expulsarlo semanas después y aprovechar para expulsar también hasta aquel que le caía mal. Se perdió una treintena de miliantes, nuevamente muchos de ellos de peso e irremplazables y delegaciones enteras.

Para mantenerse en el machito, Canduela empezó a dar cifras triunfales de militantes: “somos más de 500”, “nos aproximamos a 800”, “estamos cerca de los 1.000”. Los resultados electorales seguían siendo flojos, a pesar de que la tendencia era a ir aumentando votos, mientras que las formaciones clásicas ultras iban disminuyendo. En realidad, los medios económicos eran ridículos y los resultados estaban en relación con lo invertido. En 2004 estaba claro que había que dar un golpe de timón porque aquello corría el riesgo de eternizarse en un interminable “despegue” en el que se perdían pasajeros por vía de expulsión, por desilusión o por hastío. La línea de DN seguía siendo aceptable, pero el partido tenía que ampliar su base y había solamente una salida razonable: fusiones con otros grupos próximos, no sólo para sumar, sino también para desbrozar el terreno de siglas. Había demasiadas.

Aparentemente, excluidos los falangistas que seguían en lo suyo, esto es, escindiéndose, lo único que quedaba era AES (el piñarismo redivivo y algo rectificado) y E2000, el grupo valenciano que, contra todo pronóstico, iba sobreviviendo. Con este último Canduela se negaba a cualquier pacto, dándolo como irrecuperable a la vista de que a Roberto le correspondía el título de “hombre más malo de España”. En cuanto a AES… ¿Qué les voy a decir? En principio que era incompatible con E2000 a causa de la vinculación de Roberto a ANELA. Me contaban en la época que AES estaba dirigido por tres personas, una falleció prematuramente, y las otras dos que quedaban eran López Dieguez (del que Rafa Ripoll, el responsable de DN en Alcalá conocía bien e incluso tenía un feeling con él, me había dado detalles favorables) y Paco Torres, un murciano al que nunca he llegado a conocer. López Dieguez, parecía ser un abogado de éxito que gozaba de cierto patrimonio, emparentado con Blas, y decidido a adecuar algunos aspectos del piñarismo de siempre a la realidad española del siglo XXI. Pero esa adecuación parecía al paso de tortuga paralítica. Nacho Mulleras que me explicaba que alguien de AES le había explicado que les costo mucho aceptar lo de la separación entre la Iglesia y el Estado. En cuanto a Torres, me decían que era franquista, pero que era “mucho más político”. Desde el principio siempre ha considerado que un partido a la derecha del PP que solamente se diferenciara muy poco de él, quizás algo en el tema del aborto y de la oposición al mundo gay, que fuera un poco más patriota y que no negara su vinculación al antiguo régimen, jamás de los jamases tendría espacio político, por mucho que contara con la fe de sus miembros y con el apoyo del espíritu santo. La cuestión era si dejarles que se la pegaran ellos solitos y entonces ir a plentearles un trabajo común o hacer lo posible para evitar que se la pegaran.

No es que me hiciera excesiva gracias recontactar con los últimos mohicanos del piñarismo parcialmente reconvertido, pero a la vista de que en DN no había medios suficientes, ni siquiera, lo que era mucho más dramático, un dirigente que diera la talla y fuera mínimamente presentable, pues a lo mejor resultaba que con gente que profesionalmente parecía tener dos dedos de frente, era posible entenderse y pactar algunas líneas de trabajo. Resumiendo: lo que yo planteaba era coger el programa de DN y plantear a los de AES que lo asumieran. Era, desde luego, mucho más de lo que tenían a nivel de documentos (estamos hablando de 2004). Por lo demás, los piñaristas tenían pocos jóvenes y nosotros éramos un partido fundamentalmente de gente joven (y, en lo personal, a pesar de mis canas, seguía siendo un eterno adolescente que no sabía todavía lo que quería ser de mayor). Los que teníamos más de 40 años en DN tampoco teníamos grandes ambiciones, y veíamos en López Dieguez a una persona presentable y que podía asumir la dirección de un partido. Yo me sentía con los recursos políticos y argumentales suficientes como para inducirles a que rectificaran algunas de sus posiciones que veía problemáticas y condenadas al fracaso: no es que me opusiera a la posición que habían adoptado en relación al aborto, era que con ese caballo de batalla no podía irse muy lejos. Salvo en momentos en los que el zapaterismo aspira a hacer olvidar sus muchas carencias y saca el tema del aborto de manera cada vez más extremista, lo cierto es que el aborto es un problema menor de la sociedad española y, por lo demás, el PP ya ha adoptado una postura que no difiere excesivamente de la de AES. Así pues, por ahí lo que hay es una vía muerta. Desde mi punto de vista vale la pena oponerse al aborto por razones de tipo ético, por supuesto, pero también demográfico. No hace falta hacerlo desde una postura confesional. Hay otros problemas mucho más graves, empezando por la inmigración y 15 años de crecimiento económico ficticio, sobre los que AES no tiene gran cosa que decir. Así pues, me hacía la ilusión de que en una conversación larga, franca y distendida con los Dieguez y los Torres sería posible encontrar puntos de acuerdo.

La idea de un acercamiento entre DN y AES satisfacía sobre todo a Mulleras y es por eso que empezó a lanzar mensajes por su cuenta tan poco subliminales como alabar la obra de Franco en lo que debía ser un mitin “obrero” en Alcalá. Para matar a la criatura. Por lo demás, como es habitual, había un desenfoque en su punto de vista: no se trataba de “pactar” yendo a las posiciones insostenibles y antipolíticas de AES, sino de “atraer” a la dirección de AES hacia posturas mucho más realistas desde el punto de vista político; y la peor forma para eso era darles la razón y eludir los problemas de fondo. Para Mulleras lo primero era la unidad ante todo y en no importa que términos programáticos. Para mí lo esencial era llevar a la dirección de AES de una posición llamada irremisiblemente a fracasar, a una posición más política. De todas formas, no había mucho que hablar por que Canduela, como el jefe de banda que al final era, lo único que le interesaba era conservar el chiringuito.

En el IV Congreso, Canduela salió elegido por la mínima –aquellos inolvidables votos de la delegación de Alicante que pocas semanas después, parajódicamente, era la primera expulsada- frente a la candidatura de Rafa Ripoll. Estaba claro que en el plazo de dos meses, Ripoll sería expulsado… como así ocurrió. Asistí en enero de 2005 a la primera reunión de la nueva Mesa Nacional y me sentí completamente fuera de lugar. Canduela había montado una mesa de bajo perfil político, incapaz de abordar temas de calado y, por supuesto, sin fuerza, inteligencia, experiencia, ni capacidad para expander el partido. Decidí inhibirme de las reuniones y cumplir con mi cometido, confeccionar los comunicados. En aquel momento ya había lanzado en Internet krisis.info como canal personal de expresión. No había problema en seguir en el partido, pero retirándome poco a poco a segunda a la vista de lo limitado de su actuación y del carácter problemático de su presidente.

En eso que, a una de las escisiones de La Falange se le ocurrió convocar una manifestación. La gente es muy inteligente: primero convoca la manifestación y luego llama a la unidad lo que equivale a decir “chicos, iros poniendo a la cola que el campanazo lo doy yo y vosotros vais de atrezzo”. Y las cosas no funcionan nunca así. Si alguien quiere convocar una manifestación unitaria, primero lanza la idea a las cúpulas y luego el llamamiento y la convocatoria se realiza en común. Este mero hecho ya era suficiente como para percibir que tras la convocatoria había una forma rústica, simple y extremadamente ingenua de concebir la acción política. No juzgué necesario siquiera responder, pero Canduela me dijo que redactara un comunicado diplomático. Lo hice en términos tan diplomáticos como claros: si la convocatoria es vuestra, colegas, os arreglais vosotros; y ya enviaremos una delegación. A los pocos días tuve que enterarme por terceros que Canduela había enviado por sí mismo un comunicado solidarizándose calurosamente y prometiendo una asistencia devota y sincera. Si había actuado así era para satisfacer a un italiano con fama de millonetis enamorado de la figura de José Antonio Primo de Rivera y de la Falange, que, desconociendo absolutamente todo lo que ocurría a este lado de los Pirineos, tuvo la brillante de idea de recomendar a Canduela una aproximación a La Falange. Y éste, con la esperanza, de recibir algún óbolo, arrojó a la letrina la “autonomía histórica”, y tiró por la ruta de las necesidades de su peculio. Vulneraba así los fundamentos ideológicos de DN en el inútil acto de ponerse en el furgón de cola de una manifestación en la que a DN no le iba ni le venía nada. Así que ya tenía una excusa para dimitir y la utilicé ipso facto. No tenía intención de irme de DN como muestra de adhesión a los principios del partido, pero tampoco de ser cómplice de la dirección irresponsable de Canduela.

Dado que para todo paranoico, si no estás con él hasta la muerte –y preferentemente si no te suicidas antes- eres sospechoso, inmediatamente entré en el índice y poco después, creo recordar que 53 ó 55 camaradas fuimos expulsados de DN. Bueno, más perdieron ellos. En las últimas semanas había comentado con Mulleras algo que me preocupaba. Si “éramos casi 1.000”… ¿qué ocurría con las cuotas? Por que los gastos del partido eran mínimos y no superaban en ningún caso los 1.500 euros al més. ¿Cómo era posible que desde 2003 el partido no hubiera impreso ni un miserable boletín interior? Y a todo esto ¿quién era el tesorero de DN? No lo busquen, no había. ¿Y el libro de cuentas? Estaba hecho de la misma materia que el tesorero. Cinco años después de aquella crisis, DN acaba de sufrir otra exactamente igual: alguien que había aportado mucho dinero al partido, en el momento de ser promovido para la secretaría general, pidió los libros de cuentas. La respuesta fue la habitual: “hombre, si entre camaradas no hay confianza más vale que te vayas”… Y entonces, otra persona, entendió que los que desde hacia años sosteníamos que DN era una merienda de negros y el modus vivendi de un jefe de banda que no daba para muchos más, no mentíamos.

DN, a todo esto, seguía manejando los mismos documentos que había escrito Laureano en 2001 o el programa que yo realice en 2004, sin preocuparse siquiera de realizar correcciones para actualizarlo. De la autonomía histórica no queda nada. Las delegaciones nacen, crecen y mueren sin posibilidades desarrollarse y el 90% de la actividad se lo lleva Internet. Ahí están las webs y los foros de la DN de 2009 a disposición de especialistas y estudiosos en sectas.

Estuve tres años sin preocuparme mucho de la acción política hasta que el destino me llevó a abordar mi nuevo ciclo vital de cinco años en el campo alicantino. Surgieron algunos proyectos, contactos y terminé recalando en España 2000 que, a fin de cuentas, era lo único organizado en la Comunidad Valenciana y el único grupo que daba la sensación de estar en condiciones de movilizar gente en la calle, mantener una estructura estable y demostrar una voluntad de hacer las cosas con algo de cabeza.

Quedaba el espinoso problema de resolver la situación con Roberto, a la vista de que en los últimos cuatro años nos habíamos dicho de todo –y cuando digo de todo, quiero decir de todo- pero éste, a fin de cuentas, era un problema menor. Tanto Roberto como yo estábamos de vuelta de las descargas adrenalínicos de juventud y sabíamos que esos excesos correspondían al rol que cada uno había seguido defendiendo a sus respectivos partidos. Costó poco olvidar todos estos problemas y cuando me presenté como afiliado a E2000 quedó claro que yo era hombre de partido y que en ese momento mi partido era E2000. Desde entonces, en la medida de mis posibilidades, que no son excesivas, he trabajado para E2000 en la esperanza de que la experiencia adquirida en las 400 páginas anteriores pueda servir para algo.

Esto es todo lo que se refiere hasta hoy sábado, a las 17:00 de la tarde. Esto es todo lo que se refiere al pasado. Quedan unas líneas sobre el futuro.

© Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es – http://infokrisis.blogia.com – Prohibida la reproducción de este texto sin indicar procedencia.

Agonía y renovación (3ª Parte) Lucha cultural y toros desde la barrera

Los años 90 fueron para mí un período de alejamiento de cualquier forma de actuación política por distintos motivos. Uno de ellos, y quizás el más importante, que había poco que hacer y menos que decir. La ultraderecha parecía anclada en su crisis iniciada en 1981 y, por mi parte, había perdido la esperanza de que la catarsis emprendida pudiera llevar a algún sitio. Mantenía vínculos y puentes con el ambiente, pero me abstenía de participar, escribir e incluso opinar públicamente. Fueron años en los que me refugié en lo personal, multipliqué mis colaboraciones con revistas de carácter no político y escribí varios libros sobre temas que me interesaban personalmente o bien en los que veía que podían tener buena difusión. Sin esforzarme mucho, en esos años logré vivir de lo que escribía. Y, sobre todo, vivir intensamente y sin tiempos muertos, algo que siempre he necesitado. Los años de clandestinidad y exilio, la práctica del zen y la misma dinámica de la vida, había grabado a fuego algunos rasgos en mi carácter que antes no se habían manifestado. El pragmatismo había ganado espacio en mi personalidad: ante las situaciones de urgencia –y lo limitado de la vida convierte a todo en pura urgencia- discutir es malo, perder el tiempo es peor y se impone enviar a paseo a quien te haga perder un minuto. Es una forma de compación hacia el pelmazo: enseñarle que dar la barrila no es la mejor de las actitudes. En París y en otras ciudades en las que he vivido, tenía que cambiar de apartamento constantemente para impedir ser localizado y al final, le cogí gusto a los cambios; hoy me cuesta estar cinco años haciendo la misma actividad. Si la vida es cambio constante, más vale subirse en la cresta de los cambios para no perder el tren de la vida. Y en eso sigo desde los años 90.

Había algo de inquietante en lo que ocurrió en esa época. Si finales de los años 60 y principios de los 70 fueron los años de tanteo personal casi adolescente, el resto de los 70 fue (para el ambiente político en el que me movía) el tiempo de los grandes errores que se prolongó hasta principios de los 80. El resto de esa década fue el de los intentos de renovación, limitados unos, insuficientes otros y frustrados todos. Los 90 iba a ser el tiempo de algunas regresiones y de muertos que seguían vivos, transformados convenientemente en zombis. Y aún quedaba la primera década del nuevo milenio que no sería sino una prolongación de la anterior con leves atisbos de esperanza. Así pueden resumirse los 40 años que he visto y vivido. O como ir de la nada a la más absoluta miseria, pero, eso sí, con 40 años de experiencia y varios masters en perdida de tiempo, iniciativas frustradas y managment en incapacidades varias.

Hablaba de los años 90. El número de gente que era consciente de que había que renovar en profundidad el ambiente iba creciendo y lo mejor era que cada vez era más consciente de que la renovación debía ser radical o no sería. Pero en eso de las “renovaciones” ya se sabe que hay que recordar la palabra del Buda: “si una cuerda se tensa demasiado, se rompe; si no se tensa, no suena”. Y esta sola frase encierra todo el dramatismo de las renovaciones frustradas. La que habíamos intentado desde Nueva Europa, por ejemplo, era de las que “rompían” la cuerda y lograban que, finalmente, ni se alcanzara a interesar a grupos sociales nuevos, ni lo expuesto tuviera interés para los habituales. Era la forma de vaciar lo poco que quedaba en el recipiente. Antes, la de Juntas Españolas había sido una renovación tan limitada que, en algunos momentos, me dio la sensación de que eran una Fuerza Nueva sin Blas y sin la sobreactuación en materia religiosa. Y no hubo forma de que aquello diera musicalidad alguna. En los años 90 a esto se sumaron ilusiones de renovación difícilmente digeribles, pero también nuevos intentos que permitían hacer un lugar para la esperanza.

No voy a referirme en detalle a intentonas culturales que hubieron varias en la época y todas vinculadas a intentos más o menos limitados de traer a España, el pensamiento de la Nueva Derecha francesa que nunca había terminado de arraigar en España. Estos intentos se habían frustrado siempre en la medida en que no pasaban de ser formas de acomodamiento de tal o cual individualidad en el mundo universitario. No tenían pues nada de profundo, ni de interesante, sino que apenas eran formas de apalancamiento personal, sin gran interés. Por otra parte, en esos años manifestaba mi escepticismo sobre la actividad de aquellos a los que despreciativamente llamábamos “los culturetas”. Mal asunto cuando una Cultura con mayúsculas se convierte en algo erudito y en permanente construcción. Esta era la crítica que hacía a la Nueva Derecha francesa de la época. Desde 1968, Alain de Benoist venía explicando que para jugar un partido –y el partido era la hegemonía cultural que la que nos decía que precedía a la hegemonía política- era preciso entrenarse. Así pues había que trabajar, y trabajar duro, para que el clima cultural permitiera la aparición de condiciones objetivas favorables para, no un cambio de gobierno, sino un cambio radical de Sistema (concebido como conjunto coherente de orden social, político, económico y cultural). Hacia 1978, en Francia, la Nouvelle Droite había irrumpido con fuerza, especialmente desde que sus más pristinos exponentes habían entrado en la redacción de Le Figaro Magazine. Entre 1978 y 1980, fue rara la semana en la que no apareció en los medios franceses algún tipo de comentarios sobre las ideas de Benoist, Marmin, Faye, Vial o Pawels. El marxismo iba entrando en crisis como ideología de moda entre la intelectualidad. Recuerdo que en España, el punto de inflexión debió llegar hacia principios de 1980, cuando Henri-Levy, en el curso de un debate de La Clave, paró los pies a Santiago Carrillo, simplemente recordándole que no estaba en un mitin electoral. Carrillo, gran pope de la transción junto al Duque de Suárez, perdió los papeles y no logró reconstruir un discurso capaz de contrabandear la crítica al marxismo realizada por Henri-Levy desde la “nueva filosofía”. A partir de ese momento, la clase intelectual española que hasta entonces había tenido al marxismo como única filosofía aceptable, empezó el despiste advirtiendo que las modas pasan y que esta fe empezaba a periclitar. Desde el punto de vista ideológico los 80 se inician con la crisis del marxismo y terminan cuando ya nadie se acordaba de lo que supuso la hegemonía marxista en la universidad.

En la Barcelona de entre 1969 y 1976, todos –y repito, en todos- los kioscos de las Ramblas barcelonesas eran verdaderas bibliotecas marxistas en las que podía adquirirse cualquier libro de Marx, Lenin o Mao, sin olvidar, claro está a Marcusse, Nikos Poulantzas, Althuser, Pierre Mandel y el general Giap, pero en cambio era imposible comprar ni un solo libro de pensadores conservadores que existir, existían, pero que no gozaban del favor editorial, algo curioso en pleno tardofranquismo. Sin embargo en 1976, esos mismos kioscos de las Ramblas retiraron tanta literatura marxista y se convirtieron en escaparates del destape, paraíso de voyeristas, babosillos y pajilleros natos. Hacia final de la década, también lo "X" empezó a tener dificultades, así que dejó paso al ocultismo y a la astrología como si las incertidumbres sobre el final de la transición incitaran a interesarse por un futuro via sideral. Diez años después, de todo esto quedaba poco y esos mismos anaqueles mostraban libros de autoayuda, muchos de los cuales aceleraban los impulsos suicidas de sus consumidores, y sobre todo, ocio especializado: revistas de viajes, de fotografía, de perros, de caballos, de tatoos, de videojuegos, de spectrums, de ovnis, etc. Y es que los kioscos y las pajareras de las Ramblas han sido siempre el retrato más completo de la vida cultural barcelonesa; por eso cuando la concejala Pilar Rahola prohibió que se vendieran animales vivos en aquellos kioscos (lo único vivo que se podía adquirir en Las Ramblas), advertí que Barcelona era una ciudad muerta y que las Ramblas eran el paradigma de una urbe que había intentado ser ciudad fashion con Manhattan y la Gran Manzana como ejemplo a seguir pero llevaba camino de quedarse como ciudad provinciana y de inmigración como aquella Marsella de la que me habló mi padre con entusiasmo, a la que conocí en 1981 y que yo mismo vi transformarse en una ciudad mora en la orilla equivocada del Mediterráneo.

Todo esto viene a cuento de que la Nouvelle Droite proponía un entrenamiento en materia cultural y esto nos pareció a todos razonable en el lejano 1968. Así que nos suscribimos a Nouvelle Ecole y a Elements, leímos hasta la saciedad los artículos de Benoist y demás, los elogiamos, los apreciamos y, sobre todo, extrajimos algunas ideas nuevas, junto a referencias a otros autores que leímos con fruición. Pero todo entrenamiento, a la postre, sirve para jugar un partido, enfrentarse a una final, competir y vencer. Y esto era lo malo: nunca se juzgaba que el entrenamiento era suficiente. El partido nunca llegaba, siempre quedaba más lejos en la perspectiva del tiempo. El entrenador consideraba que había que entrenarse más todavía y luego más aún y, finalmente, todavía más. Este planteamiento era comprensible a la vista de que Le Pen era llamado hasta 1985, “Monsieur 1%” dada su tendencia irreprimible a presentarse a cualquier elección, obteniendo este porcentaje. Si el misérrimo 1% era el “techo político”, había, pues, que seguir entrenándose.

Si la “Nouvelle Droite” era “nueva derecha”, era por oposición a la “vieja derecha” francesa: a diferencia de ésta, germanófoba, la de Benoist era germanófila, si una era nacionalista y antieuropea, la otra reusltó ser europeísta y antinacionalista; la una esencialmente visceral, la otra quiso encontrar bases científicas; católica una, la de Benoist se decía pagana; una miraba hacia atrás y desconfiaba del futuro, la nueva miraba hacia el origen y tenía su confianza puesta en el final del camino (idea que al final Faye terminó resumiendo en una palabra-fórmula: arqueofuturismo).

El problema vino cuando Le Pen dejó de ser “Monsieur 1%” y se convirtió en un fenómeno político en la muy racionalista y cartesiana Francia, cuna de la ilustración, la tortilla, la república y el bidé. Le Pen, a lo largo de los 90 quedó por delante de Benoist en el ranking de apariciones televisionarias. Atrincherado Benoist en la sofisticación ideológica, Le Pen, con un discurso extremadamente simple, atraía a masas utilizando una retórica y unos temas que Benoist creía definitivamente superados, pero que sin embargo, lograron capturar votos venidos del gaullismo, de la izquierda, de la vieja derecha, de católicos, paganos y mediopensionistas. Un "equipo" –el Front National- sin tener el entrenamiento suficiente, con un capitán del equipo tuerto y cuyo techo ideológico estaba en el Maurras de 1914, pisaba el césped, generaba una hostilidad total del “sistema” e incluso ganaba algunos partidos.

Era evidente que Benoist iba a tener problemas dentro de la Nouvelle Droite y que buena parte de su gente miraba con desconfianza el proceso de islamización de la sociedad francesa y la formación de guetos de la inmigración. Mientras que Benoist se entrenaba para un partido que nunca llegaba, los recién llegados parecían optar por derruir el estadio. Algunos cuadros de la “nouvelle droite” terminaron yéndose con Le Pen sin renunciar a sus puntos de vista doctrinales, por reconocimiento de que el eje de la respuesta se había trasladado de Benoist a Le Pen, otros criticaron con extraordinaria virulencia el giro tercemundista de Benoist adoptado desde principios de los 80. Algunos incluso recordaban y reprochaban a Benoist que, tras el atentado, precisamente, a la sinagoga de rue Copernic, éste, para evitar que la ola de antifascismo le alcanzase, recordase en un artículo que judíos y paganos habían tenido el mismo enemigo: el cristianismo. Y, como colofón, Guillaume Faye, con sus altibajos propios, rompió con Benoist abriendo el período en el que escribió media docena de libros brillantes, ensombrecidos luego por tomas de posición discutibles y poco creíbles. Los intelectuales son asín…

Decía uno de nuestros iconos, Pierre Drieu La Rochelle, que intelectual no es el que piensa sino el que hace del pensar una profesión. Cada cual vive de lo que puede, así que, en principio no es criticable el que uno haga del estruje de sus neuronas un medio de vida. El problema es la importancia que se le da a todo esto. A intelectuales como Benoist les corresponde seleccionar, analizar, divulgar, adaptar y coordinar ideas que nacen en el mercado cultural, desechar unas y recomendar otras. Este trabajo solamente puede realizarse empleando tiempo. Y el tiempo es dinero. Así que la comercialización de la cultura es algo lógico e inevitable. Pero este trabajo no es un sacerdocio que proyecte sobre la sociedad un pensamiento trascendente y dotado de una sanción superior: supone poner a disposición de la sociedad un instrumento para su transformación.

En tanto que instrumento, la visión cultural propuesta por los intelectuales, no basta por sí misma para transformar la sociedad: hace falta una voluntad transformadora, es decir, que ese pensamiento sea asumido por una estructura organizada que será el verdadero ariete contra el “sistema”. Por mucha impregnación cultural que hubiera realizado la Ilustración en el siglo XVIII, la revolución francesa hubiera sido imposible sin la burguesía organizada en las logias masónicas y el caso de la revolución rusa de 1919 o incluso de la revolución alemana de 1919-33, se realizó simplemente porque existía una minoría dotada de odio –sí, de odio de clase, de odio racial, de odio hacia la puñalada por la espalda, de odio hacia la burguesía en definitiva- capaz de transformarlo en rodillo para "repasar" al "sistema". No hubo mucha lucha cultural en la Alemania de Weimar ni en la Rusia zarista que precedió a la revolución rusa. El odio como fuerza transformadora de la sociedad (odio surgido de privaciones, de experiencias negativas, de resentimientos étnicos, de clase, atávicos) es tan constructiva como el amor (amor a la patria, amor a la familia, amor a la tierra natal, amor a la comunidad del pueblo, amor a los antepasados) y ambos, a fin de cuentas generan las fuerzas que construyen el futuro: el odio destruye al “viejo mundo” y el amor construye un “mundo nuevo”. ni es ni podía ser de otra manera, a pesar de Bambi, de la UNESCO y del humanismo universalista zapateriano.

A la nueva derecha le ha faltado siempre esa tensión emocional que ha estado presente en los grandes movimientos humanos de la historia: como todo lo que es intelectual, ha sido demasiado reposado, excesivamente alejado de las pasiones humanas, huidizo de esa parte de la naturaleza humana que es animal, instintiva, primitiva, y que se manifiesta en instintos comunes a los animales superiores, instinto de supervivencia, instinto de reproducción, instinto territorial, instintos que, a la postre, no precisan detrás una gran construcción intelectual sino que se manifiestan en toda su brutalidad en momentos de crisis. ¿Es que habíais olvidado que vuestro sustrato biológico es animal y que a la postre se trata de pensar con la cabeza, con el corazón y con los testículos?

Por todo ello, a pesar de tener cierto interés cultural y una curiosidad intelectual insertada desde muy jovencito por una biblioteca gigantesca heredada y ampliada, jamás he concedido una importancia excesiva a la “lucha cultural”, y el conocimiento de la vida me ha inducido a alejadarme de “los culturetas”. Por si tenía dudas sobre todo esto, desaparecieron cuando en cierta ocasión, en el curso de una cena con Benoist en el Restaurante Casa Juan en Barcelona, éste pidió una tabla de embutidos. Ver a Benoist comer una tabla de embutidos quizás no sea una imagen excesivamente intelectual, pero era el reflejo más vivo de que en el ser humano, lo instintivo está a flor de piel y, a fin de cuentas, camina por delante (aunque por abajo y en palanca) de sus neuronas.

Quizás sea necesario añadir que me creo en el derecho de realizar todas estas críticas en la medida en que todavía sigo próximo a la nueva derecha y en el momento de escribir estas líneas acabo de traducir la obra de Alain de Benoist “Mañana el decrecimiento” con una introducción sobre la crisis económica especialmente escrita para la edición española. Véase pues en estas notas, unos comentarios de “uno que está en el mismo lado” por mucho que no crea en las bondades de la lucha cultural.

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Hacia 1995, algunos camaradas con los que me unía una entrañable amistad ingresaron en La Falange. Hay que explicar que La Falange era una escisión capitaneada por Gustavo Morales (aquel que había liderado la escisión de la FE-JONS(A) conformando la FE(A) con Ana María Fernández Llamazares de parachoques, viajero a Cuba en camisa azul, aquel que luego fue funcionario de la embajada iraní, más tarde estuvo en el proyecto del exótico abogado Rodríguez Menéndez de rescatar el diario “Ya” con los dineros de Vera salidos de las cloacas felipistas, más tarde en el entorno de Mario Conde cuando desembarcó en el CDS y a través suyo intentó intervenir en política y, finalmente, con otros ingresó en la FE-JONS de Diego Márquez con el consiguiente cipostio, la escisión cantada y la formación de La Falange, un cachondo, vamos). A pesar de todo lo que algunos pueden pensar pensar de este historial, Gustavo se seguía considerando hedillista y falangista cuando lo conocí en el local de CEDADE de calle Valencia hacia 1989 en el marco de los contactos que terminarían en la Asociación Nueva Europa. Removilizando agendas consiguió movilizar a unas decenas de veteranos e incorporarlos al proyecto de salvar a la falange, hacer una nueva falange y adecuar, en cualquier caso, a la falange al tiempo nuevo. Trabajo de Sísifo, tratajo titánico, trabajo imposible.

En principio me costó asimilar el que algunos amigos habían realizado lo que, en mi opinión, era una simple regresión, esto es asumir los colores y la chapa de un equipo que estaba definitivamente desnortado desde 1937 y cuya historia confirmaba que era, ante todo ysobre todo, una fuente de problemas: Falange. Es difícil explicar para quien no esté familiarizado con falange que nunca ha existido una, sido media docena de falanges (y siguen pariendo) y yo incluso diría que hay tantas falanges como falangistas han sido. Pero a esas alturas, en 1995, estaba alejado de la política y dispuesto a aceptar aquello que mis amigos hicieran, a fin de cuentas eran ellos los que permanecían en activo. Cuando nos vimos, hacia 1997 en Barcelona, daba la sensación de que seguían existiendo distintos grupos falangistas pero el capitaneado por Morales era el que se había llevado el gato al agua, arrastrando la mayor base militante.

En ese tiempo se había constituido ya Democracia Nacional dirigida en ese momento por gente que conocía desde el arranque de Juntas Españolas y en el Frente de la Juventud. Acudí a una conferencia de Pérez Corrales en el hotel Calderón, pero lo que oí tampoco me convenció excesivamente. Era cierto que por su estética y discurso, Democracia Nacional parecía otra cosa y existía una ruptura con la ultraderecha, desde luego mucho más evidente que el continuismo del que hacía gala otro grupo Acción por la Unidad Española dirigido por el hijo del comandante Sáez de Ynestrillas. Estos eran los ultras de toda la vida en torno al que encarnaba mejor los valores, errores y horrores de ese sector. Lo conocí, oí su verbo áspero y cazalloso y decidí alajarme consciente de que aquello terminaría mal y que no valía la pena dedicarle ni cinco minutos lamentando que algunos antiguos camaradas de Fuerza Nueva de Barcelona terminaran en aquel agujero negro cuya mera existencia era el signo de la decadencia del sector. Ynestrillas, en esa época había emprendido la peregrinación a París para ser bendecido por Le Pen, como antes y después harían todos los que querían una “sanción superior”. Pero ni con sanción superior, uno podía olvidar su discurso políticamente analfabestia, primitivo hasta lo neanderthal y pre-piñarista, capaz de considerar a lo cromagnoide como un "rojo" cualquiera. Democracia Nacional era, por supuesto, otra cosa. Eran los tiempos en los que el felipismo sufría de la famosa “tenaza” Aznar-Anguita. Pérez Corrales había optado, ante lo endeble aún de su partido, por apoyar las propuestas de Anguita como intento para insertarse en la política real. No era, en principio, una idea rechazable. El problema es que por mi parte seguía viendo las cosas en función de Siddarta Gautama Buda: “si una cuerda se tensa demasiado se rompe, si no se tensa, no suena”. AUN e Ynestrillas eran una forma de tensar la cuerda, el instrumento y terminar haciendo trizas la guitarra, la partitura, el atril y la sala y luego emprenderla con el auditorio. Y DN seguía sin sonar. Luego estaba La Falange, donde, sin duda tenía más conocidos y amigos… pero ya por entonces había decidido no circular por senderos que había trillado antes y, desde que a finales de 1976, asistí al Congreso Nacional Sindicalista había decidido que ese vía, muerta o no, en cualquier caso no era para mí. Así que era cuestión de seguir en casa en situación de "disponible para el servicio" y, entre tanto, dedicarme a “mis labores”.

Escribí en esa época varios libros publicados por editoriales de primera fila y que gozaron de cierto favor del público, lo que les ha merecido sucesivas reediciones. También colaboré con revistas de todo tipo y, por aquello, de que no había que cortarse ni autolimitarse, también lo hice con El Viejo Topo enviando un ensayo sobre la “izquierda del abuelo” y las relaciones entre marxismo y socialismo utópico, con el ocultismo y las sectas. Se publicó y poco tiempo después, el director de la revista me requirió para escribir otro sobre la New Age en el que me mostré especialmente crítico. También publiqué en la revista Defensa algunos artículos sobre el terrorismo moderno y sus estrategias que luego fueron traducidos y editados en revistas extranjeras del mismo tipo. A raíz de que Isidro Palacios, entonces en la redacción de Mas Allá de la Ciencia, me pidiera una serie de artículos sobre “poderes ocultos” para editar en un número especial titulado “¿Quién mueve los hilos?”, me dí cuenta de que podía apuntar en esa dirección y me decidó a enviar artículos a las revistas de ese género que repercutieron en que poco después trabajara en varios programas radiofónicos. De ahí empalmé convirtiéndome en redactor jefe de la revista Saber Mas, durante un tiempo suplemento mensual de El Mundo de Catalunya. Y así sucesivamente. Pero esto tiene poco interés y ninguna relación con la ultra por mucho que un tarado haya intentado presentarlo como un intento coordinado de alcanzar la hegemonía en ese ambiente cultural.

Y entonces llegó Internet.

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